Al abismo por la lengua­.

En materia cultural no existe grieta entre los dos pedazos del llamado Gobierno y buena parte de la oposición: coinciden en su casi religiosa adhesión a los postulados de la ideología progre, LGBTwoke, o como se quiera denominar a ese conjunto intocable de posturas raigalmente antitradicionales cada vez más alejado de la realidad, que hasta ha acuñado al idioma inclusivo para expresarse. Y dado que es bien sabido por los especialistas honestos que los hombres «pensamos como hablamos» (recordar la anticipatoria versión humana del divino «En el principio era el Verbo…», que leíamos en el hoy olvidado Ultimo Evangelio al cabo de la misa), queda clara la deformación del pensamiento por la que vamos derrapando

Lo más grave es que, lejos de ser sólo un derrumbe grotesco de la lengua, esto es puerta de entrada de un modo preconcebido de ser y de actuar. Obsérvese si no el gesto agresivo de los jóvenes que adhieren a la neo-lengua, su enojo con el mundo, la violencia de sus expresiones, y se comprobará el odio por la civilización precedente a la cual, en el más liviano de los casos, llaman paternalista planteando su revolución. Esa revolución no se detiene en el cambio de las estructuras, como declamaban nuestros compañeros marxistas de la adolescencia. Después de Gramsci y tal cual lo planteara la lucidez de Augusto del Noce en El erotismo a la conquista de la sociedad, esa revolución termina siendo contra uno mismo. De ahí que un número todavía pequeño pero preocupante de jóvenes y, peor, hasta de niños se revuelva contra la realidad de sus cromosomas y quiera transformar su sexo. Es archiconocido: se «perciben» de un género distinto al del sexo con el que nacieron y se someten al cambio.

Así arranca una serie de tratamientos hormonales al que, desarmados por la cultura ambiente, los padres toleran y en algunos casos quizás fomenten. El próximo paso es la catástrofe quirúrgica. Resultado habitual: aspecto y esterilidad irreversibles. Y, más allá, en una proporción alarmante de casos, el suicidio que sigue al arrepentimiento ante lo que ya no se puede recomponer.

La literatura médica -particularmente la anglosajona, originada en una cultura permeable a esta revolución- abunda en artículos que alertan sobre ese peligro («Tratamientos transgénero: los riesgos y secuelas de los que no se habla». Agustina Sucri, glosando una extensa revisión bibliográfica del Dr. Horacio Boló. La Prensa. Ciencia y Salud, 23/05/2021). 

Sin embargo, la novedad es que por lo menos dos de las más prestigiosas revistas médicas norteamericanas insisten en la promoción de los tratamientos trans y el aborto, no a través de artículos científicos, sino de suerte de editoriales programáticos (New England Journal of Medicine 2022; 386:1197-9 y NEJM 2022; DOI: 10.1056/NEJMp2207423), donde se plantea por ejemplo que un aborto es más seguro para la madre que el desarrollo de un embarazo. 

Más aún, toman partido con abstracción de ciencia alguna en la discusión judicial sobre la eventual prohibición del aborto en varios estados norteamericanos alertando sobre lo que entienden peligroso futuro si se lo declarara ilegal (DOI:10.1056/NEJMp2207423). 

Particularmente -signo de profunda alarma- se pone desenfadado acento en la necesidad de entrenamiento de los residentes de cirugía en estas operaciones contra-natura, que hubieran sido por definición «mala praxis» en momentos más equilibrados de nuestra civilización (Training Surgery Residents in Gender-Affirming Surgery. Juornal of the American Medical Association, Surg. June 1, 2022. DOI:10.1001/jamasurg.2022.0673).

Nuestro país, devenido excepcional en materias de inflación, inseguridad, corrupción y -pronto- narcotráfico, sigue en cambio la regla de la actual civilización occidental en todo lo que sea trans. Y a la confusa educación sexual, prematuro y obligatorio castigo espiritual en las escuelas, se suma ahora la violencia del lenguaje inclusivo. Empiezan muchos chicos a hablar así; ya sabemos cómo van a pensar, más allá de la preocupación de tantos padres.­

­EL UNO POR CIENTO­

Quienes nos educamos más de medio siglo atrás debemos reconocer, a pesar de todas las posibles disidencias políticas de cada momento, que se hablaba un mismo idioma en nuestra casa, en nuestra escuela y en nuestra parroquia. Lenguaje y espíritu mucho más cercanos al buen sentido, sin la siembra de confusas contradicciones que inundan hoy a los chicos desde la primera infancia. Y todo este nuevo tembladeral para someterse a las exigencias de una ambiciosa minoría científicamente falsificadora (Riva Posse AE. Relación entre genética, biología, sexualidad y género. Dunken. Buenos Aires, 2021) que, según el censo reciente, representa a menos del uno por ciento de la población y transita el derrumbe.

Como en el cuento, parte de la juventud, empujada por la mal dirigida habilidad tipo flautista de Hamelin, va camino del precipicio espiritual. Nada de eso es, sin embargo, propio de la mayoría de nuestros jóvenes que sigue sana y noble. Se trata entonces de sacarse de encima a estos políticos entregados a la fama -y por la fama al desastre cultural- que tratan de desviarlos. Y evitar así que la Nación entera vaya a parar al abismo por la lengua.­

Por Hugo Esteva.

Fuente: Diario La Prensa

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