Antipaternalismo y educación.

Después de la Segunda Guerra Mundial la Organización Mundial de la Salud (OMS) -institución que acaba de demostrar su, cuando menos, escasa eficiencia durante la epidemia del Covid- adoptó a la Bioética como nuevo paradigma para definir a la en otros tiempos llamada Moral Médica Ética en Medicina. Desde entonces y de modo creciente viene promoviendo a la “autonomía” de los enfermos, contraparte de lo que entiende como viejo y autoritario “paternalismo” de los médicos en la relación entre ambos.

Dejando de lado la antigua, noble, definición de este vínculo que reúne a una conciencia con una confianza, la del profesional con la de su paciente, imprescindibles complementos en busca del mejor resultado terapéutico; se ha llegado al punto de escribir que “El código del juramento hipocrático, que refleja una actitud paternalista entre el médico y el enfermo, no se puede aplicar en la ética actual” (Sánchez Hernández V. La ética en la relación médico-paciente, en El reto de ser médico, de González Martínez León Paoletti. Ed Rafael Zúñiga Sustaita, Méjico 2017 ). Así nomás echan por tierra milenios de tradición los despiertos “bioeticistas” de hoy.

Por otro lado, se entenderá fácilmente cuán limitada está la proclamada autonomía del paciente para decidir por sí su mejor tratamiento en el grave trance de su enfermedad. Pero no es este el momento de reiterar lo que ya hemos discutido largamente (Esteva H. Desarrollo de la autonomía y el paternalismo. Editorial Académica Española, Moldova 2021). Se trata en cambio de mostrar cómo estos mismos conceptos han invadido otros campos y, particularmente, el de la educación.

Así como es reconocida cierta ternura maternal entre las maestras de la escuela primaria, así hay de paternal en la de los buenos docentes secundarios. No sólo por el modo de ocuparse de los alumnos sino también por el hecho de que -como sucede con los padres- profesores y profesoras son ejemplos que los muchachos observan e imitan. El aspecto, la letra de los que todavía escriben, los modismos, las ideas, son modelos que influyen altamente en una relación donde ningún alumno despierto pretende la “horizontalidad” proclamada por tanto pedagogo conversador. El estudiante mira  hacia arriba con naturalidad cuando está delante de un profesor verdadero.

Pero para ser buen profesor hay que saber. Así de elemental y así de inevitable. Y los primeros que detectan si ese saber está o no presente son los alumnos. La reciente toma del Colegio Nacional de Buenos Aires tiene mucho que ver con eso. Con actitud nada común hasta donde sé, ha trascendido en las noticias que los estudiantes pidieron la renuncia de la rectora a raíz de su incapacidad y, más, por lo adocenado/plagiado de su plan docente y por la ausencia de concursos para profesores durante su gestión.

Es que, en efecto, los muchachos saben distinguir exactamente el calibre de quienes se instalan al frente del aula. Entonces, en un Colegio cuyo secreto de alto nivel tradicional ha sido que la mayor parte de sus profesores eran también docentes universitarios, todavía detectan enseguida quiénes ejercen también en la Universidad o quiénes son profesionales universitarios frente a los que ellos mismos llaman los “agremiados”, gran mayoría en los colegios no universitarios.

La degradación de la figura paterna, que se multiplica en amplios sectores de la sociedad, crudamente fomentada por la cultura LGBT que los va esquilmando, deja vacíos definitivos. Lo sufren  estudiantes, enfermos, y jóvenes en general. Perder una figura en la cual confiar absolutamente y a quien se puede observar para tomar ejemplo sin necesidad de preguntarle nada, es una amputación definitiva.

Aunque pueda parecer descolgado, algo de esto debe haber intuído la vicepresidente, que se ha vuelto cada vez más maternal en sus discursos cuando se refiere a sus seguidores, a quienes no deja de expresar cuánto quiere y cómo cuida cada vez que dice un discurso. Paradójicamente, los dirigentes y militantes que la circundan acumulan cada vez más rabia, cada vez más violencia, cada vez más inclinación a la permanente pelea. Si no rayara en el dislate científico, uno pensaría que la personalidad psicopática de la jefa se ha transformado en patología infecto-contagiosa.

Por Hugo Esteva.

Fuente: Diario La Prensa

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