Covid y ética.

La libertad es una de las prerrogativas primordiales del hombre como ser humano.

Siempre recordamos a las características del hombre a la salida del paraíso como las señaladas: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente” y “Parirás con dolor como la vaca”, en las que se instituyen el trabajo y el dolor como inherentes a su naturaleza en su nueva ubicación en el mundo.

Sin embargo, existe un hecho anterior que es el “primum movens” de la situación, nos referimos al “árbol del bien y del mal”; el incumplimiento de la prohibición divina acarreará la pérdida de los beneficios de la vida edénica.

Es en este momento que aparecen la libertad y la ética, el otro gran fundamento de la existencia.

Los animales carecen de libertad y de ética ya que están determinados por los instintos que ignoran el bien y el mal.

El ser humano conoce el mal y deberá optar en forma permanente entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, la solidaridad y el abandono, entre la vida y la  muerte, que ahora conoce. Tendrá a la ética como su guía de existencia.

Para esto tiene la libertad, que se acompañará del libre albedrío y lo hará responsable de sus actos. La libertad, así establecida, le permite elegir su camino limitado por la ética, lo que creará su angustia existencial al estar obligado a una elección continua y permanente entre los extremos de la existencia.

En una pandemia como la que estamos atravesando, la primera amenaza que se recibe, junto con la posibilidad de  enfermar,  es sobre la pérdida de la libertad. El aislamiento es el método que disminuirá las posibilidades de contagio. Pero este aislamiento debe  tener  gradaciones, desde lo simple a lo más complejo según las alternativas circunstanciales en juego. En este sentido, al tratarse de una pandemia, se pudieron observar las diferencias en el grado de aislamiento en los distintos países así como su duración y su eficacia.

En nuestro país la denominada cuarentena fue la más prolongada del mundo, en parte por la escasa infraestructura sanitaria disponible.

Existe una ética del gobierno que consiste en procurar el bien para toda la población. En este cao, las falencias fueron de tanta trascendencia que superaron las expectativas que tenía la sociedad.

Hubo distintos grados de impericia, imprudencia y negligencia, los componentes de la conducta culposa. Quizás si se hubiera consultado más a epidemiólogos que a infectólogos los resultados hubieran sido distintos.

Dominic Wilkinson, profesor de Ética en la Universidad de Oxford señala: “La ciencia debe estar en el centro de la toma de decisiones, pero no  puede decir, por sí sola, qué decisión tomar. Eso se debe hacer  sobre la base de la ética”. Es decir, que la gestión debe llevarse a cabo con principios éticos que orienten las decisiones; la ciencia, además, no puede decir a qué valores darles importancia.

La UNESCO, en un documento del 6 de abril de 2020 titulado: “Declaración sobre el COVID19. Consideraciones éticas desde una perspectiva global” se refiere a que debe haber información precisa y que la investigación debe ser global con la creación de un Comité de Investigaciones responsables.

La Federación Internacional de Farmacéuticas y Asociadas. Por su parte, estableció  los cuatro pilares de la investigación: Respeto, Honestidad, Rectitud y cuidado..

Se debe recordar que no hay que abandonar al enfermo y que existen los cuidados paliativos para cuando sea necesario.

En el caso de los médicos existen algunas diferencias ya que por juramento y por vocación poseen un libre albedrío modificado: El médico no puede elegir pues su conducta debe estar dirigida hacia el bien del enfermo sin alternativas al mandato ético y profesional.

Se sobreentiende que para que esto suceda debe contar con los medios necesarios, los horarios adecuados, la retribución justa, lo que ocurrió en muy pocas ocasiones.

Los médicos, en muchos casos, deben priorizar los recursos sanitarios con los que cuentan. Como. por ejemplo, el número de respiradores y cómo utilizarlos, lo que genera estrés y un impacto emocional. Se encuentra, a menudo,  con  el dilema ético de la controversia entre el  utilitarismo y la equidad

Las muertes de médicos y de personal del equipo de salud superan el promedio de las cifras de la población general, pero existe información escasa y se ignora el nombre de los fallecidos.

En tanto, no hubo inconductas por parte de los profesionales, que se desempeñaron con alta eficiencia en una tarea ímproba cumpliendo con sus obligaciones más allá de su mandato.

No tuvieron el reconocimiento de las autoridades.

Los médicos estamos acostumbrados a la ingratitud; la Medicina se ejerce sin búsqueda de gratificaciones extra, alcanza con el cumplimiento de la vocación, pero ello no es óbice para que exista un mínimo de reconocimiento personal e institucional. El estrés y el abandono sufridos ya han provocado disturbios emocionales y psicológicos que, en muchos casos, permanecerán en el tiempo.

El enfermo, es tanto, es un rehén de la situación. Llega a la enfermedad con la incertidumbre generada por la falta de información fidedigna pero orientada hacia lo terrorífico con el objeto de amedrentar. Sabe que no pudo prevenir la enfermedad por falta de vacunación; esta falta de vacunas depende de prejuicios ideológicos que fueron seguidos sin ningún tipo de prudencia por autoridades con una actitud carente de ética y de solidaridad humana. Sale de un confinamiento para entrar en otro aún más terrible. Está solo, con prohibición absoluta de visitas familiares; los contactos con los médicos y el equipo de salud son esporádicos y, en razón de la vestimenta empleada, ninguno puede ser individualizado. Si le toca morir, lo hará en la más absoluta soledad, la familia no podrá verlo ni en esta circunstancia y sólo recibirá una urna con las cenizas del difunto. Existe una falta de respeto a la dignidad humana en un enfermo crítico al que habría que acompañarlo y darle asistencia espiritual.

Surge un interrogante: ¿Era necesario todo este dispositivo? ¿Justifica el riesgo de la enfermedad este confinamiento estricto e inhumano? ¿No existían otras medidas para obtener los mismos resultados?

Como se ve, una pandemia pone de manifiesto el desarreglo y la desorganización de una sociedad frete a una emergencia y deja en evidencia cómo los valores de la libertad y de la ética no son respetados como un bien primordial para el hombre.

La ética, que debiera ser el instrumento de nuestra actividad existencial parece olvidada y menos preciada.

La pospandemia pondrá  en evidencia que muchas de las situaciones y conductas establecidas en la pandemia permanecerán en forma permanente en la sociedad con los riesgos que ello implica.

En la historia del hombre, el bien ha vencido al mal en todas ocasiones; a veces tardíamente.

Esperemos que esta constante vital se cumpla.

Por Manuel Luis Martí.

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Profesor Emérito de Medicina Interna. UBA

Miembro Titular de la Academia Nacional de Medicina.

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