Cuando caigan los barbijos.

Mucho tiempo atrás, en épocas de inicial adolescencia, bailé una noche entera de Carnaval con una encantadora mascarita que de ninguna manera aceptó sacarse el antifaz. Al cabo -eran épocas de ilusión y de inocencia- aceptó que la acompañara desde el modesto club provinciano hasta las inmediaciones de su casa, pero no logré verle la cara. El correo familiar sin estampillas me sorprendió la siguiente mañana con un inequívoco: “Anoche bailaste con la Pescado”, que no requería más como explicación para el embozado misterio. 

No va a ocurrir lo mismo con muchos de los individuos y las situaciones que se han escondido tras los barbijos a lo largo de estos dos años de enfermedad colectiva. La doble faz de la hipocresía presidencial, que habíamos descripto aquí mismo largo antes, ha deteriorado tanto su velo que puede decirse se la reconoce literalmente urbi et orbi y se la denuncia hasta el borde del desacato. Otro tanto sucede con el progresismo kirchnerista, que no engaña a nadie mientras enriquece a los bien ubicados.

En cambio, cuando pase esta cortina de la pandemia que se usa para tapar cuanto fracaso gubernamental campea desde su inicio, deterioros menos visibles ahora van a aparecer como manchas de humedad tras de una mala pintura. Así  quedarán al desnudo los falsos expertos que nunca trataron un enfermo pero que pasearon orondas figuras por despachos oficiales, emisoras de radio y canales de televisión, voceando sus productos no autorizados con menos responsabilidad que vendedores ambulantes. ¿Quién no los recuerda, profesores de cualquier otra cosa menos del manejo de una epidemia nueva, pontificando junto a las autoridades, y hoy desaparecidos? Y aun eso es lo de menos, porque habrán contribuido a desprestigiar a la profesión médica que no debería hablar sino a través de su tarea profesional, pero terminarán en anécdota.

En cambio, irreparables para tantas jóvenes víctimas de la parálisis educativa debida a la irresponsabilidad de docentes y gremialistas, serán los baches de formación oportuna. Téngase sólo por ejemplo que un chico que no aprendió a manejar las tijeras en la escuela primaria (¡Ah, los viejos recortes y pegatinas de papel glacé!) no las podrá emplear con destreza en la madurez. Dicho de otro modo, el irreemplazable déficit psicomotriz adquirido en la niñez impedirá que ese adulto elija como profesión ser sastre o cirujano, con todas las paradas intermedias.

¿Qué no decir de la falta oportuna del ejercicio de la capacidad de abstracción? ¿O de la falta de diagnóstico oportuno de enfermedades que se hacen incurables? ¿O todos los etcéteras que se quieran agregar?

El barbijo/antifaz de la pandemia, que ahora parece suficiente, va a caer inexorable para desnudar a los simuladores. En todos los órdenes: justicia, producción, trabajo, seguridad, orden social…  Entonces se comprobará cómo, desde el oficialismo, sólo habrá servido en realidad para entronizar al mundo narco que hoy avanza.  

Pero, mucho cuidado, no vaya a ser que bajo la máscara de la falsa oposición aparezcan también los neocoordinadores progres, más de los que se hubiera podido imaginar.

Por Hugo Esteva.

Fuente: Diario La Prensa

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