¿Cuándo se jodió Disney?

En Disney se han implementado fanáticamente las dos doctrinas que lideran la filosofía woke: la Teoría Crítica de la Raza y la Teoría de Género.

Walt Disney Company está envuelta en muchas controversias, peleas, polémicas, tensiones, bloqueos, huelgas, acusaciones, censuras, denuncias y la exposición de empleados y directivos por sus opiniones o, directamente, por sus delitos contra menores. La empresa más icónica del entretenimiento infantil, la que revolucionó el consumo, la que reinventó la fantasía como producto, la que marcó la infancia de todas las generaciones del mundo desde 1923 se pudre por dentro. Justamente porque es el mayor gigante cultural y porque no hay un humano vivo que no haya sido influenciado por alguno de sus personajes, es que no se trata simplemente de una empresa. Cabe preguntarse si lo que le pasa a Disney no es una descomunal metáfora de estos tiempos.

Disney ha sido acusada de segregación racial justamente por su política de combate del “racismo sistemático”. El medio “City Journal”, reveló que el programa «antirracista» degradaba a sus empleados blancos imponiendo la “Teoría Crítica de la Raza (TCR)” como un dogma corporativo. El informe exclusivo proviene de empleados de Disney que, bajo el anonimato por temor a represalias, denunciaron las permanentes intimaciones y maltrato surgidos del programa “Reimaginar el mañana” en el que la compañía instruye a sus empleados para que se arrepientan de su privilegio blanco. En el programa «Alianzas para la conciencia racial», por ejemplo, se insta a los empleados blancos a «trabajar a través de los sentimientos de culpa, vergüenza y actitud defensiva para comprender qué hay debajo de ellos y qué necesita ser sanado«. Continuando con las recomendaciones, Disney enfatiza que no se deben cuestionar las quejas de los negros y que tampoco se deben comparar las experiencias de los negros con las de otra comunidad. 

También varios empleados de Disney han sido arrestados por delitos contra menores, situación recurrente en la empresa. El pasado 16 de marzo la compañía confirmó que tres empleados estaban entre los arrestados en una operación encubierta contra la pedofilia, en agosto de 2021, otra operación encubierta que perseguía una mafia de sexo infantil condujo al arresto de 17 personas, incluidos tres empleados de Disney World. En 2019, dos empleados de Disney fueron arrestados por pornografía infantil. En 2018, un gerente de proyectos fue acusado de 24 cargos de posesión de pornografía infantil y dos cargos por promover el desempeño sexual de un niño. En 2014, 30 trabajadores de Disney fueron arrestados por abuso de menores y desde 2006 otros 32 fueron condenados por posesión de pornografía infantil.

Es increíble que una empresa ejerza tan abiertamente presión sobre temas políticos y sociales, yendo contra cuestiones aceptadas por la comunidad de destino, esto es: la decisión de que la agenda de género y exploración sexual no son apropiadas para niños pequeños.

Pero el último de los vendavales que asolan a la compañía surgió a causa de una ley promulgada en el mes de marzo en el Estado de Florida, en EEUU, impulsada por el gobernador republicano Ron DeSantis, la cual prohíbe adoctrinar a niños en ideología de género dentro de las escuelas, desde jardín de infantes hasta tercer grado. Esta ley hizo enloquecer a Disney. 

Desde febrero, el consolidado grupo de empleados que responden al activismo woke (1), presionaron para que Disney denunciara el proyecto de DeSantis. El 7 de marzo, el CEO Bob Chapek, envió un mail a toda la empresa, contando como en una reunión con los líderes LGBTQ+ de Disney estos expresaron su decepción porque la compañía no había emitido una declaración condenando la legislación. El 8 de marzo, la legislatura de Florida aprobó la ley. El 9 de marzo, Chapek pidió una reunión con el gobernador para oponerse a la misma. El 11 de marzo, otro mail a toda la empresa decía: “Está claro que este no es sólo un problema sobre una ley en Florida, sino otro desafío a los derechos humanos básicos«. Acto seguido la empresa amenazó al Estado de Florida con suspender todas las donaciones políticas, y se ha lanzado en una cruzada donde afirma que su “objetivo como empresa es que esta ley sea derogada por la legislatura o en los tribunales”. Se organizaron huelgas y una marcha el 19 de marzo, aunque sólo un puñado de empleados acudieron a protestar, menos de medio centenar superado en número por los medios que cubrían la protesta. 

En poco más de una semana, la empresa había pasado de una lejana preocupación a una defensa fanatizada. El intento del CEO de apaciguar el activismo interno colapsó el funcionamiento de Disney. Todas las reuniones programadas de la compañía se cancelaron para hacer espacio para las reuniones de repudio, los ejecutivos dejaron libres los espacios de trabajo para acciones performativas de queja. Es increíble que una empresa ejerza tan abiertamente presión sobre temas políticos y sociales, yendo contra cuestiones ampliamente aceptadas por la comunidad de destino, esto es: la decisión de que la agenda de género y exploración sexual no son apropiadas para niños pequeños en un entorno escolar.

Disney debe satisfacer a los activistas de las políticas DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión) para que dejen de generar controversias, huelgas y malos titulares en la prensa. La sumisión de Disney a las políticas de DEI es descomunal.

Pero Disney debe satisfacer a los activistas de las políticas DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión) para que dejen de generar controversias, huelgas y malos titulares en la prensa. La sumisión de Disney a las políticas de DEI es descomunal. Actualmente, los ejecutivos de todas las empresas están en una carrera enloquecida por ver quién tiene una agenda más fanática en términos de progresía, pero aquí se trata de una situación tan exacerbada que es un caso de estudio. 

Hace ya un par de años que este gigante del entretenimiento reconoció tener entre sus metas la intervención cultural en el desarrollo sexual de los menores. Una prolífica agenda LGTBQ+ para niños fue develada reciente en una reunión vía Zoom filtrada por los medios que desató el escándalo al ver a Latoya Raveneau, productora ejecutiva de Disney, reconociendo haber implementado una agenda LGTBQ+ en la programación. También Vivian Ware, gerente de diversidad e inclusión de Disney, destacó que había eliminado toda mención a damas, caballeros, niños y niñas en los parques con el fin de evitar que los niños se identifiquen con los roles de género tradicionales. Otros directivos directamente apuntaban a tener contenidos propios de esa agenda en más del 50% de los productos destinados a niños. Estos directivos son viles rehenes de un rígido monocultivo ideológico woke y corren en la dirección que consideran que les proporciona más beneficios con el menor conflicto. 

En Disney, como si no hubiera un mañana, se han implementado precipitadamente las dos doctrinas que lideran la filosofía de la izquierda woke: la Teoría Crítica de la Raza y la Teoría de Género. Estas dos teorías se han plasmado en las iniciativas de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI) que arreciaron dentro de la corporación. El departamento DEI dentro de la empresa se expandió en más del 600 % entre 2019 y 2021, mientras los demás departamentos se contraían producto de la crisis. Para entender la importancia que estas doctrinas tienen en el desarrollo corporativo, hay un ejemplo que no debe ser pasado por alto: el agregado, en abril de 2021, de la “quinta llave”. Las “Cuatro llaves” fueron, por décadas, el artilugio motivacional de Disney. Cada empleado debía hacerse carne con estas llaves, por lo demás muy estudiadas en el marketing corporativo y otros saberes destinados a potenciar los negocios. Las cuatro llaves guiaron la narración de historias y la creación de experiencias en los parques de Disney y son (o eran) los principios rectores de la centenaria empresa: seguridad, cortesía, espectáculo y eficiencia. Disney, que no vio la necesidad de modificar sus cuatro mandamientos ni con las guerras mundiales, ni con las revueltas por los derechos civiles, ni por la Guerra Fría, ni por las sucesivas crisis económicas, ni por la carrera espacial, ni por otros eventos impactantes que le hubieran ocurrido a EEUU o al mundo, pero el activismo woke logró de agregar una llave a la liturgia: Inclusión. 

Es evidente que el estrés al que es sometida una compañía al abrazar el capitalismo woke es desgastante. La cuestión es entender si finalmente es rentable el capitalismo woke o si sostener estas políticas puede acarrear pérdidas. Claro que no todos los casos son iguales, diversos estudios muestran que el capitalismo woke no tiene un impacto demostrable en los precios de las acciones pero tal vez esta variable no sea la única a tener en cuenta. Es necesario entender que las estrategias de las empresas no son lineales. Lo que la mayoría de las corporaciones obtiene con la exaltación de la agenda progresista es protección frente al activismo radical que, de otra manera, les oscurecería el horizonte.

Lo que la mayoría de las corporaciones obtiene con la exaltación de la agenda progresista es protección frente al activismo radical que, de otra manera, les oscurecería el horizonte.

Para entender el fenómeno: la conclusión es que el capitalismo woke no lleva a la quiebra ni genera grandes ganancias, sino que funciona como una especie de aporte mafioso. Dada la virulencia de las guerras culturales, las corporaciones se involucran en el capitalismo woke no para maximizar las ganancias, sino minimizar las pérdidas. Es fundamental recordar que el lucro es pecado para la narrativa de izquierda y el antisistema, representado en la ideología woke, demanda dar por tierra con el sistema capitalista, Por ende, las corporaciones son blancos obvios. Hacer capitalismo woke es una decisión estratégica para apaciguar ánimos y curarse en salud de cancelaciones y boicots. Pero la estrategia detrás del capitalismo woke tiene más matices. La variable demográfica es la clave oculta para entender estratagemas que trascienden las reglas empresarias convencionales. 

La decisión de una empresa de volverse woke debe estar precedida del conocimiento de quiénes son sus clientes y cuáles causas apoyan. De manera abrumadora, los sondeos de opinión destinados a este tema indican que los consumidores están de acuerdo con afirmaciones del tipo “Creo que las marcas pueden ser una fuerza poderosa para el cambio. Espero que me representen y resuelvan problemas sociales. Mi billetera es mi voto”. Sin embargo, también es cierto que no todos los consumidores tienen las mismas creencias ni valores.

Apoyándose en las estadísticas, tiene sentido que las corporaciones se vuelquen a la agenda woke, ya que consideran que sus clientes comulgan con sus causas. En una sociedad polarizada y atravesada por luchas culturales irreconciliables, la apatía política puede ser la muerte. Entonces, la decisión de una empresa de hacer capitalismo woke depende de lo que ciertos consumidores demandan con fervor militante y otros grupos, más numerosos pero menos involucrados, están dispuestos a tolerar. Algunas veces el capitalismo woke funciona sin inconvenientes y representa beneficios ya que es una forma indicativa de virtud para los consumidores de un producto. En esos casos, la incorporación de la agenda woke funciona como un soborno a la izquierda y a la vez tranquiliza a los clientes que se sienten virtuosos con el consumo. Claro que estas maniobras maniqueas requieren comprender la demografía del consumidor. Caso contrario, ir contra los valores del público o sobreactuar puede ser desastroso. Pero el hecho de que la izquierda radical se haya hecho con el monopolio de la mentalidad empresarial, más allá de la naturaleza del producto, le ha quitado toda sutileza y margen de maniobra a la manipulación marketinera, suprimiendo toda perspectiva y agudeza.

El capitalismo woke no lleva a la quiebra ni genera grandes ganancias, sino que funciona como una especie de aporte mafioso. Dada la virulencia de las guerras culturales, las corporaciones se involucran en el capitalismo woke no para maximizar las ganancias, sino minimizar las pérdidas.

Si volvemos al caso Disney, la empresa ya había adaptado su contenido hacia fines del siglo pasado y principios de este, a los cambios culturales. La absorción de valores fue de abajo para arriba, de suerte tal que, por ejemplo, las princesas de la época, empezaron a tener un carácter fuerte, ser más valerosas e independientes. Las producciones de Barbie y otros productos por el estilo, siguieron un camino parecido. Pero esta evolución de los estereotipos no generó controversia. Los cambios respondían a las tendencias culturales que ya se habían instalado en la sociedad de manera que no se trataba de una imposición de agenda. En cambio, lo que ocurre actualmente con el fanatismo de Disney, proviene de la sobreactuación progresista mostrando una gran desconexión entre su nivel dirigencial y las pretensiones de su público histórico.

La cooptación empresarial y la imposición de una agenda de arriba para abajo es una forma de indoctrinación descarada que ocurre cuando una compañía, institución, un organismo público o una organización del tercer sector es reclutado para servir a una ideología y a sus intereses. Y es más descarado cuando se usa a las empresas con target infantil para convertirlas en portavoces de una ideología. Este fenómeno además corre el eje del fin último de la empresa, el famoso lucro odiado por la izquierda. Pero además, perder toda proporción organizativo/productiva y que las riendas corporativas las lleve el departamento de inclusión, es el despropósito que llevó a Disney a vivir en el ojo de la tormenta, proceso que lleva bastante tiempo, pero que, como casi todas las cosas desde 2020, aceleró su putrefacción a toda velocidad. Actualmente es imposible entender cuáles son sus objetivos y para quién trabajan. El ataque a la institucionalidad y a la eficiencia empresarial desatado por la ley de Florida fue el tiro de gracia.

Comprender el capitalismo woke es fundamental para exponer la fragilidad de las guerras culturales y el peligro de su simplificación y triunfalismo. Disney no es la primera empresa de entretenimiento en entrar en la arena de las guerras culturales, pero sin dudas es la más importante. Por eso resulta fundamental comprender cómo y por qué la compañía más famosa por su contenido infantil, se encuentra tomando partido en un campo de batalla político de manera tan expuesta y fanatizada. La ideología woke es un camino muy ríspido para una empresa de entretenimiento infantil, por qué no apuntar a empresas con un público objetivo más acorde?

La cooptación empresarial y la imposición de una agenda de arriba para abajo es una forma de indoctrinación descarada que ocurre cuando una compañía, institución, un organismo público o una organización del tercer sector es reclutado para servir a una ideología y a sus intereses.

Es posible que el objetivo de máxima sea convertir a los miembros más jóvenes de la sociedad en guerreros woke, agentes potenciales de su revolución. Si la compañía de productos infantiles más importante del mundo consigue que un porcentaje de los niños acepten la ideología woke, y crean que son beneficiarios de privilegios por su sexo o color de piel, habrán conseguido mucho. Por ejemplo habrán conseguido una porción de vulnerabilidad notable al negativizar las características biológicas o culturales de una masa importante de sus clientes, nada mal para una batalla cultural expuesta. El ente intrusado, en este caso Disney, podrá ir muriendo lentamente acosado por los errores de administración y el entrismo en sus recursos humanos, pero mientras tanto, la militancia woke consigue su objetivo. Por ahora, nadie le ha subido el costo a la cruzada woke, el daño les está saliendo gratis.

(1) Woke (“despierto” en inglés) es un término, que originalmente se refería a la conciencia sobre el racismo.Pero que posteriormente abarcó otros temas identitarios como el género y la orientación sexual. Desde hace unos años es utilizado como un término general para los movimientos políticos de izquierda radical y antisistema.​

Por Karina Mariani.

Fuente: Faro Argentino

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