¡Cuidado con la democracia!

El término democracia y el sistema político que representa se han vuelto tabú para la cultura contemporánea promedio. Sin diferencia de matices, la enorme mayoría de los políticos, tanto aquí como en general en el extranjero,  podría aceptar cualquier crítica, menos la de no ser democráticos. Es entre ellos un valor sobreentendido que, sin embargo, no se cansan de mencionar con el mismo mal gusto de los profesionales que se doctorean

Pero, a decir verdad, bajo el término se agazapan vicios que, inclusive, contradicen lo que, en general, se pretende transmitir con lo de democracia.

Valga como paralelo e íntimamente vinculado el ejemplo de la institucionalización. Empezamos a oir el término después de Malvinas y tuvimos la impresión de que los políticos que así anunciaban sus pretenciones vendrían a instalar instituciones más fuertes. Nada de eso, unos y otros querían solamente aumentar el número de cargos y de allegados a los cargos, cuestión de instalarse como realidad y casta. Casta que lograron terminar de institucionalizar con la reforma constitucional nacida en el pacto de Olivos, que consagró al tercer senador por provincia y al monopolio de la representación política por parte de los partidos. Como diciendo: «Agrandar el Estado y enajenarlo al poder de comités y unidades básicas, para servir a la patria».

El resultado del abuso de esa falsa democracia con la que contribuyeron casi todos, está innegablemente a la vista. Poder Judicial infiltrado y amañado; Poder Legislativo vacío de ideas al servicio del verdadero poder central y no de las reales necesidades del país; Poder Ejecutivo cotidianamente ridiculizado por su verdadera mandante, huidiza personalidad psiquiátrica instalada tras el sillón.­

Claro producto: la crisis política y económica más grave que ha sufrido un país potencialmente fuerte en el último medio siglo.­

No pretendo descubrir nada. Apenas señalar la situación presente. Pero para que no se pueda dudar de que estas observaciones sobre el gobierno del pueblo y para el pueblo tienen antecesores ilustres a quienes nadie podría calificar de fascistas o totalitarios, permítaseme citar a dos que ya vieron esto claro a fines de los años cuarenta, poco después de terminada la Segunda Guerra Mundial.­

Por un lado, al universal José Ortega y Gasset (, El arquero. Revista de Occidente, Madrid 1966, pág 22/23) que escribía: «La palabra democracia, por ejemplo, se ha vuelto estúpida y fraudulenta. Digo la palabra, conste, no la realidad que tras ella pudiera esconderse. La palabra democracia era inspiradora y respetable cuando aun era `siquiera como idea’, como significación, algo relativamente controlable. Pero después de Yalta esta palabra se ha vuelto ramera porque fue pronunciada y suscrita allí por hombres que le daban sentidos diferentes, más aún, contradictorios: la democracia de uno era la antidemocracia de los otros dos, pero tampoco estos dos coincidían suficientemente en su sentido». 

Y más adelante: «Pues es bien claro que la democracia `por sí’ es enemiga de la libertad y por su propio peso, si no es contenida por otras fuerzas ajenas a ella, lleva al absolutismo mayoritario. Nueva prueba de que es el diabólico vocablo una escopeta cargada que no debe dejarse manejar a esos párvulos del pensamiento que son los políticos». ­

­NUESTRO ADAM­

­Por otra parte, recuerdo  a nuestro argentinísimo y habitualmente minusvalorado Leopoldo Marechal. Basta repasar la espira del pecado de la soberbia, del infierno de Adán Buenosayres (1948), para ver con qué hipocresía los parlamentarios trataban al expuesto, muy modesto y esquilmado «Juan Demos». Como hoy.­

Semejante hipocresía gobierna, acentuando impúdicamente desgracias que nos persiguen desde hace casi cuarenta años. Y, como el pez, esto ha empezado por la cabeza. ¿O se puede olvidar el largo reinado del improvisado profesor Shuberoff que, junto con el gremio no docente, tomó la Universidad de Buenos Aires y dejó al sindicato como heredero para que hoy maneje hasta las vacunas en una institución que debería ser ejemplar? El resultado cultural está a la vista: lenguaje inclusivo y fomento de cuanta degeneración pueda imaginarse. Todo lo virtual que se pueda, desde casa pero inmunizados.

Así en cada ámbito, la democracia de las mayorías tiránicas que, por ser mayorías -aunque su origen resulte dudoso- pueden modificar sentencias, saltearse normas, arrasar costumbres y dictar permisos a la inmoralidad.

Pero la Argentina no es eso. Sin llegar a las augustas raíces de nuestra historia, basta repasar cifras de producción previas a la falsa democracia -que la mayoría de los políticos calla por temor o por complicidad- y se verá que prueban hasta dónde pudo haberse constuido algo mucho mejor que este mentiroso regimen de expulsión y desaliento. Sigue habiendo aquí cantidad de gente trabajadora en todos los niveles a pesar de que circunstancialmente manejen los haraganes conversadores, especialistas en corrupción. Sigue habiendo cantidad de jóvenes estudiosos y capaces, a pesar de los docentes esquivos y sus gremialistas que sestean la pandemia. Sigue habiendo nobleza en nuestra sangre, que se rebela.­

Esa sangre impulsa a luchar hasta instalar un gobierno verdaderamente republicano, representativo y federal, que nazca en lo local y genuino para proyectarse desde allí hacia todo el ámbito de la Patria. Porque así como hay falsos mapuches que quieren robar parte de nuestro territorio para segregarlo, hay también una capacidad social casi poética de seguir adoptando inmigrantes valiosos. Obsérvese, si no, a la primera generación de descendientes de coreanos y chinos, y mírese en particular a esas chicas asiáticas transformadas en porteñitas típicas que han adoptado a nuestra cascoteada ciudad como su modo de ser. La Argentina tiene encanto todavía.

Entre los orientales he dejado aparte a los japoneses. Desde mucho atrás son nosotros. Desde la guerra de Malvinas («Ojos japoneses, corazones argentinos», en columnas multitudinarias) enarbolan su nobilísimo diploma de patriotas. ­

Desde allí, sin desaliento, debemos renacer.­

Por Hugo Esteva.

Fuente: Diario La Prensa.

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