De los vicios del carácter y la práctica de los deportes.

En el año 1952 falleció la Sra. María Eva Duarte de Perón y a los homenajes que recibiera en vida, se sumaron la multitud de los que le tributaron post mortem, entre ellos el cambio de nombre de la ciudad de La Plata, que pasó a llamarse Eva Perón; subsecuentemente, todos los entes cuya denominación incluía el antiguo nombre tuvieron que adecuarse al cambio producido.

El club de rugby más destacado de dicha ciudad, La Plata Rugby Club, conforme a sus estatutos, convocó a sus socios a una asamblea a fin de resolver sobre la adecuación requerida. Por decisión unánime de esa asamblea pasó a llamarse El Bosque Rugby Club. Era claro que los rugbiers de La Plata no querían llamarse Eva Perón, también es cierto que existía en el ambiente del rugby (y no sólo en La Plata) una, cuando menos, sorda oposición y manifiesta discrepancia con el régimen imperante por aquellos años en el país.

La Unión Argentina de Rugby, entonces y ahora entidad rectora de esa actividad, sorprendentemente suspendió con un vago argumento, a El Bosque Rugby Club como afiliado de la misma; ello se tradujo en que los equipos de ese club no pudieron continuar compitiendo en los torneos en que estaban anotados. La reacción no se hizo esperar: CUBA (Club Universitario de Buenos Aires), retiró sus equipos de los torneos de la U.A.R, a CUBA le siguieron otros clubes, tanto de primera como de segunda, y se desmembraron hasta quedar paralizados los campeonatos en curso.

La Unión, lejos de contemporizar con los disidentes, unificó los torneos de primera y de segunda en un sólo campeonato, donde compitieron los pocos equipos que no se solidarizaron con El Bosque R.C. y que terminó ganando Matreros, el equipo de Morón; club que, en otro orden de cosas, debía en gran parte su existencia, al impulso que le diera un viejo dirigente conservador de esa ciudad.

Esta triste historia no terminó ahí. En 1956, depuesto ya el régimen peronista, la U.A.R. eliminó de su historial el campeonato de la discordia y Materos se quedó sin su título.

Es decir a la alcahuetería originaria del problema, se le sumó la torpeza -para no calificarla más duramente- de querer borrar las huellas de aquella, suprimiendo los hechos que la misma había producido; y de paso, fue privado del lauro obtenido, un equipo que mal o bien había competido pero que no era responsable del desbarajuste acaecido. Todo el entuerto puede resumirse en dos palabras: alcahuetería + cobardía.

También vemos ambos vicios del carácter en las sanciones a los tres jugadores de Los Pumas por el asunto de los “tweets”.

Poco importa en realidad si esos “tweets” fueron “pecadillos de juventud” de ocho o díez años atrás, como manifestó con acierto en una entrevista televisiva, un ex-puma restándoles importancia. Lo que importa señalar -y por eso el recuerdo de los episodios de 1952- es la falta de entereza de quienes detentan posiciones directivas, en este y en cualquier otro deporte, para preservar la actividad que dirigen de la intromisión de intereses y presiones extra deportivos.

En ambas ocasiones está presente de movida, la alcahuetería y luego, el carácter medroso de quien o quienes no supieron sobreponerse a la presión de fórmulas ideológicas imperantes, que son aplicadas como dogmas absolutos e incuestionables; y por el contrario, hacer respetar la integridad moral de unos deportistas que, hasta aquí y a Dios gracias, se dedican con eficacia a la práctica de su deporte y no hacen trascender sus opiniones respecto de otros ámbitos, si es que las tienen.

El sobrino del actual presidente de la República, también integrante de Los Pumas y ex jugador de CUBA (vale recordarlo), fue quien tuvo la actitud que había que tener y que a los dirigentes no les dió el cuero para tenerla. Dijo: Pablo (por Matera) es mi capitán y mi

amigo, y ni falta hizo que agregara su respaldo; para los que sabemos lo que significan esos dos conceptos dentro de la cancha, está todo dicho. Ese joven tiene los atributos que todo hombre debe tener, sea o no sea deportista. Los demás intervinientes en este penoso caso: los buscadores en Internet que hurgaron (y hurgan) en intrascendentes correspondencias personales, perdidas en el espacio cibernético e ignoradas hasta por sus presuntas víctimas; los que decidieron la aplicación de las sanciones y los que desde los “mass-media” se sumaron a la alharaca desatada en torno al episodio; todos ellos carecen de dichos atributos, son, como los gatos castrados, inútiles para cualquier otro servicio y sólo aptos para las alcahuetería (obviamente, los gatos quedan eximidos de este último cargo). Son los alcahuetes que en todo tiempo y lugar ha habido; estén en la U.A.R., en un oscuro escondrijo del Estado inepto e hipertrófico que padecemos o en uno de esos centros de estudios legales y otras yerbas, que parecen ser (estos dos últimos), el hábitat preferido de los alcahuetes.

Alberto Santos.

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