Derechos humanos: el contrato está vencido.

El contrato de exclusividad firmado por los Kirchner está vencido; la “memoria” debe dejar paso a la historia y los argentinos debemos recuperar la causa universal de los derechos humanos.

Los argentinos somos, desde hace muchos años, víctimas de un engaño que es el origen de la grieta. Jorge Lanata lo puso en negro sobre blanco: «La grieta es lo que queda cuando el discurso fanático se apropia del discurso político. Quien se llama a sí mismo el Pueblo, la Nación, es quien la construye; así como también quien se reclama como único poseedor de la Verdad».

Desde hace muchos años y para construir poder, en nombre del Estado y en cesión con exclusividad de usufructo, el Gobierno kirchnerista otorgó a los sobrevivientes y simpatizantes de la izquierda revolucionaria derrotada en los ‘70, el poderoso instrumento de la “memoria y los derechos humanos”, en un “abrazo de oso” a “los organismos” de derechos humanos. Esa construcción política y cultural levantada en el terreno inundable de la memoria moldeada, el “relato”, ha otorgado una supuesta “superioridad moral” a esos sectores que se ha traducido, en todos estos años, en la ocupación de espacios de la administración pública inexpugnables, poder político, acceso irrestricto al sistema educativo público y a los medios de comunicación estatales y afines, y multimillonarios recursos.

Fue un pacto: “Danos la venganza, la interpretación oficial de la historia reciente, la franquicia de los derechos humanos y los recursos y nadie te toca el bombo”.

El proceso de esa cesión nos lo explica, lúcidamente, el militante montonero y ensayista Martín Caparrós: «Esa memoria, que se pretende monumental, inconmovible (…) el gran relato argentino de las últimas décadas, tuvo fases bien distintas, pero todas con un elemento común: fueron escritas por los derrotados (…) La forma del relato y la Memoria no quedó en manos de los que ganaron sino de los que perdimos.»

Las fases

Caparrós sintetiza las fases de la Memoria de esta manera:

* “1977-1995: el militante como víctima. Las Madres de Plaza de Mayo recorrían despachos y vicarías pidiendo por sus hijos y lo último que podían hacer era reconocer la militancia de esos jóvenes (…) así que los presentaban como ingenuos que cayeron víctimas de la maldad extrema de un aluvión de perros sanguinarios. Esta forma pasó a su vez a los organismos de derechos humanos y se cristalizó en el Nunca Más (…) En ese relato todo el acento estaba puesto en la maldad incomprensible de los malos.”

* “1996-2003: el militante como militante. Se empezó a decir y a escribir que la mayoría de las víctimas lo fueron porque habían elegido pelear por una forma de sociedad radicalmente distinta. Quedó pendiente una discusión más seria sobre los proyectos y prácticas de los militantes revolucionarios, sus aciertos y sus errores».

* “2004-2010: el militante como héroe indefinido. Los Kirchner en el Gobierno empezaron a reivindicar a los militantes setentistas como su referencia histórica, su precedente heroico. Para eso tuvieron que falsear esas historias: como no tenían ninguna intención de retomar las convicciones socialistas que los habían llevado a la muerte, los transformaron en unos raros activistas socialdemócratas: reivindicaron su militancia, pero la vaciaron de su contenido.”

* “2010-2015: el militante como montopatotero. El uso de la “Memoria” como arma arrojadiza y látigo de disciplina para perseguir opositores, acusándolos de “nostálgicos de la dictadura”.[i]  (Vg. “Macri, basura, vos sos la dictadura”).

Está vencido

El contrato de exclusividad firmado por los Kirchner está vencido; la “memoria” debe dejar paso a la historia y los argentinos debemos recuperar la causa universal de los derechos humanos, todavía en manos de sus prósperos usufructuarios, que la han convertido en un relato plagado de mentiras y en un negocio vil.

La tergiversación de la historia, la “memoria construida” es fácil de desnudar y denunciar: el kirchnerismo, que se dice peronista, y los “grupos de memoria” aliados, reivindican, homenajean e indemnizan a los combatientes del “Ejército Revolucionario del Pueblo” y a los de la organización Montoneros; los llaman “luchadores sociales” y nos cuentan que “murieron luchando por ideales de justicia y equidad”.[ii]

Para demoler este “relato” de ficción y volver a la verdad histórica, sólo es necesario recordar las frases con que el Presidente Juan Domingo Perón puso fuera de la historia a esos guerrilleros.

A los del ERP, en enero de 1974, los llamó “reducido número de psicópatas a los que hay que exterminar uno a uno para el bien de la República, porque se oponen a las grandes mayorías nacionales y ya cuentan con el repudio unánime de la ciudadanía”. Y a los montoneros, el Día del Trabajo de 1974, los expulsó de la Plaza de Mayo y del movimiento peronista con una frase irreversible: “El pueblo de la Nación debe librarse de estos infiltrados que, traidoramente, desde adentro del Movimiento le hacen más daño que los que trabajan desde afuera, sin contar que la mayoría de ellos son mercenarios al servicio del dinero extranjero.”  

La realidad de los hechos históricos es que los grupos guerrilleros de los años ’70 usaron el terror para lograr fines políticos y lo hicieron atacando a gobiernos constitucionales (1973-1976). Podrán intentar demostrar que sus crímenes están prescriptos, pero nunca podrán decir que no los cometieron.

Sólo para citar algunos de los delitos del terrorismo mencionaremos: asociación ilícita; homicidio; privación ilegal de la libertad incluso seguida de muerte, tortura en muchos casos seguida de muerte; secuestro extorsivo; daños; lesiones en todos los grados; sedición; instigación al suicidio hasta su consumación; resistencia a la autoridad; abuso de armas; abandono de personas; hurto y robos calificados; falsificación de documento público; amenazas; violación de domicilio. Y sigue la lista.

Los gravísimos crímenes cometidos desde el Estado, tanto en gobiernos constitucionales como de facto, como parte injustificable de la guerra contrarrevolucionaria, no transforma a los terroristas en abanderados de los derechos humanos, como sus usufructuarios reclaman y, menos aún, en luchadores por la democracia.

Resolver el pasado volviendo a la historia

Los problemas presentes y las dificultades futuras son el resultado de los errores del pasado y solo pueden ser solucionados a través de una comprensión correcta de esos errores. Y para ello es imprescindible volver a la historia.

Pero, la historia no es de plastilina. “Construir” el pasado, como se ha hecho, es como photoshopear la historia hasta que nos devuelva una imagen que nos conviene en el presente. No se puede. Lo que pasó, pasó; y es lo que es. Las versiones son subjetivas, los hechos son objetivos.

¿Qué es “la memoria” si los hechos pasados se pueden acomodar en el presente como uno prefiera? ¿Qué sentido tiene pedir conocer la verdad si se propone construir, en el presente, un “relato” del pasado en donde los hechos han sido manipulados? Es absurdo. Más aún, ¿se puede hablar de “justicia” si no hay verdad, si no se admiten los hechos? Solamente se hace justicia cuando hay un hecho cierto. Y si nadie puede decir lo que realmente pasó, ¿puede haber justicia realmente?

Lo peor es manipular los hechos para hacer pasar por verdad una falsedad. Robar plata es malo. Robar la verdad de la historia es peor. Y peor todavía si se roba la verdad de la historia para robar plata. Porque se roba dos veces y la estafa es moral y económica.

El desafío, para entender los 70 y para ayudar a superarlos, es el de volver a la realidad de los hechos y apartarse de la ficción. Decir la verdad, aunque duela. Porque si no prevalece la mentira. Hay que denunciar el proceso de “construcción de la memoria”, y como se la usó para acumular poder y millones y cuáles serían las claves para desarmar el “relato setentista” y reemplazarlo por la historia de los argentinos, tarea impostergable para superar el pasado que nos ata.

Hoy, todavía, la “batalla de las narrativas” continúa y una de las partes involucradas es el Estado. Esta circunstancia no permite suturar, con los hilos de la alta política y con la verdad sin reserva, los graves desencuentros del pasado, dejando crecer la posibilidad que se repitan hoy, de alguna lamentable forma. Viejas cenizas traen nuevos fuegos. Es imprescindible la verdad, aunque duela.

Entre otras voces que desafían el «paradigma setentista», se destaca Graciela Fernández Meijide, dirigente política y madre de Pablo, un joven desaparecido en octubre de 1976, militante histórica, ella, desde entonces en organismos de derechos humanos y que, en 2013, escribió un libro específico: “No eran héroes, eran humanos. Crítica de la violencia política de los ’70.” En él propone revisar la violencia asumida por millares de jóvenes en los 70, anhelando “que hoy los adolescentes y los jóvenes puedan entender las decisiones desacertadas del pasado y pueda iluminar las elecciones del presente con perspectiva de porvenir.” Fernández Meijide reconoce la dificultad que plantea salir de la memoria testimonial para intentar aproximarse a la verdad histórica, pero asume el desafío y cree que “sostener en el presente la ‘memoria heroica’ para satisfacer las frustraciones del pasado no es una buena respuesta a las demandas del presente ni a la mirada sobre el porvenir.”

Tarea de la oposición política y los medios

Pero la tarea de denunciar el falseamiento, terminar con la mentira estatal y la dilapidación de recursos deben hacerla quienes, muchas veces y en todos estos años, salvo excepciones como las de este medio, la han venido eludiendo. Frente a la manipulación del pasado, la responsabilidad primaria de impedirlo es de la oposición política y de los medios masivos de comunicación independientes.

El kirchnerismo ha tomado como bandera, como “mito fundante”, como “combustible épico”, las luchas de las guerrillas en los ’70. Quiere que creamos que esas son sus luchas y convicciones, las ofrece como modelo a imitar a la juventud, adopta parte de su lenguaje, exalta a sus actores vivos y muertos, distribuye multimillonarios recursos entre vivos y muertos, entrega áreas del Estado a los guerrilleros, ancianos ya, y/o a sus familiares y adeptos, con la única exigencia de adherir al “credo” oficial y “militarlo”. Y todo eso, sin que nadie, salvo honrosas excepciones, le dispute ese terreno. Resulta llamativo observar que buena parte de la oposición, no se haya comprometido en todos estos años en oponerse a la manipulación de la historia argentina y asista sin chistar a la cesión de ese territorio de lo simbólico a aquellos que en los 70 ejercieron una violencia criminal para hacer política.

Actuar en política requiere comprender los procesos históricos y culturales que el país transitó y transita y tomar nota de la importancia que los símbolos tiene para los seres humanos. Si eso no ocurre, los inconvenientes son de todo tipo. Desmontar el “relato setentista” es tan importante como sencillo. Sólo hace falta recurrir a la historia y contrastarla con la “memoria”.

¿Cuándo se cambió la historia por la “memoria”, cuando se hizo política de Estado el “relato”; cuando la oposición y los medios empezaron a mirar para otro lado?

Es una obligación de argentinos desmontar el “relato” de la “memoria construida” y reemplazarlo por la verdad histórica. Gastamos ya, y seguimos gastando, miles de millones de dólares en los que llevaron adelante la aventura castrista guevarista de los ‘70, convertida en una falsa lucha por la democracia.

Se miente a nuestra juventud y se roban y malgastan nuestros dineros. No podemos mirar para el costado. Es imprescindible, en estos temas: verdad, transparencia y rendición de cuentas. La verdad libera.

Por: José D’Angelo.

Fuente: mdz

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