Descienden de los barcos… y se van en los aviones.

No vamos a insistir con el nuevo dislate del presidente, Su cruza de Octavio Paz y de Carlos Fuentes con Lito Nebbia, ya ha sido suficientemente criticada aquí y en el resto de la América hispana. (De paso: con las que Fernández lleva dichas, Jauretche podría editar el segundo tomo de su Manual de zonceras argentinas).

Lo que interesa es que Fernandez, con su ocurrencia, y de un modo totalmente involuntario, tocó un aspecto de nuestra decadencia. Porque nadie ignora que la Argentina promisoria, a la que llegaban europeos, hace tiempo que dejó de existir. La actual, funciona al revés: muchos argentinos desandan en avión el camino que hicieron sus ascendientes (aún remotos, en algunos casos). Se van a Europa. Y también a otros lugares, que ofrecen más posibilidades o, simplemente, una vida más previsible y racional.

Desde alrededor de 1870 hasta 1940, llegaron a nuestro país más de seis millones de europeos. Ilustra la magnitud de su llegada el censo nacional de 1914, que probó que el 30 % de nuestra población había nacido en el extranjero. La Argentina, atraía. 

La última oleada de inmigración de aquel continente, tuvo lugar apenas finalizada la segunda guerra mundial (1945). Ese flujo migratorio prácticamente desaparece hacia 1960, año de nuestro sesquicentenario como nación independiente. Año en el cual, aún, el 10 % de nuestra población había nacido en el extranjero. 

La Argentina emigrante puede datarse, sin mucho margen de error, hacia fines de esa década del sesenta. El número de quienes se iban fue aumentando, exponencialmente, a medida que transcurrían las décadas. Actualmente se calcula que un millón de argentinos se reparten por el mundo, siendo España y Estados Unidos los países que albergan el mayor número de ellos: más de 500.000, entre ambas naciones. 

No es por caprichos humanos, que un país atraiga a los nativos de otros. Tampoco es casual que, a partir de cierto momento, deje de atraer y comience a experimentar un fenómeno inverso: que emigren los suyos. Y nadie se va por motivos menores, dejando atrás su patria, su familia y sus afectos. 

Hoy, la Argentina expulsa, mayormente a buenos y aptos ciudadanos. Que se van, porque pierden su horizonte laboral, porque se cansan de una carga impositiva única en el mundo, que alimenta a una casta político – estatal tan gravosa como inútil. Se van, también, porque llegan a su trabajo cuando lo permiten los piquetes y porque es demasiado inseguro el regreso a sus hogares. 

Es de destacar que gran parte de quienes se fueron, lo hicieron desde que se reinstaló la República, en 1983. Ya no se huye de una dictadura. Se huye de un país que se hizo invivible en 38 años de vida institucional. Bueno sería que Fernández lo asumiera y que recordara, también, que durante 27 de esos años gobernó su partido. 

Agréguese que buena parte de los que se fueron son gente capacitada. Científicos argentinos se destacan en Europa, en Estados Unidos y en otros lugares del mundo. Estamos perdiendo inteligencia que nos permitiría progresar, cosa que nos urge. Y la huida no se detiene. 

Mejor es pensar en revertir el fenómeno que incurrir en jactancias de origen. Alguno de los presidentes que replicaron al nuestro, pudo haberle dicho con sorna: «Ojo Alberto, se te están yendo».

Por Daniel Zolezzi.

Fuente: Diario La Prensa 

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