Dostoievsky y el lenguaje inclusivo (que, en realidad, es autoritario y excluyente)

Disculpe el lector el anzuelo del título. Don Fedor no llegó a conocer esta aberración idiomática. Sin embargo, en su Diario de un Escritor, hace reflexiones sobre la proporcionalidad de la riqueza del lenguaje con la del pensar, que le caben por completo.  

 Afirma allí:

“La lengua es indiscutiblemente la forma, el cuerpo, la envoltura de la idea. De donde se infiere que cuanto más rico sea ese material, tanto más rápidamente me diré a mí mismo lo que quiera decirme y tanto más profundamente diré y comprenderé lo que haya de decir…cuanto más rica y diferencialmente asimilemos esa lengua que hemos elegido para expresar nuestras ideas, tanto más abundosa y claramente calcaremos en ella nuestros pensamientos”. 

Esto no lo ignoran quienes pretenden imponer un lenguaje que, lejos de ser inclusivo, es autoritario y excluyente. 

Autoritario, porque se busca hacerlo obligatorio a través de leyes, aunque el hombre de la calle – ajeno al dislate – no lo emplee para nada. Excluyente, porque mediante tales normas se procura dejar fuera de la ley a todo aquel que se exprese en correcto castellano. Al cual– en medios afines a la maniobra – se tilda ya de reaccionario o de troglodita. 

Que el idioma se transforma a lo largo del tiempo, es un hecho. Valga el romance del Mio Cid como ejemplo muy visible. El castellano cambió desde que fue escrito hasta el día de hoy.  Los siglos esmerilan al lenguaje como el agua y la arena a un canto rodado. Por el contrario, la jerga inclusiva carece de la autenticidad temporal que, llegado el día, se plasma en el habla oficial. 

La alteración del idioma no es una bobaliconería ingenua. Obsérvese como – en una ley muy reciente – se condiciona la publicidad oficial que puede recibir un medio, a su acatamiento al lenguaje inclusivo

La vida de un diario puede depender de esa publicidad. Y aquí nos preguntamos: ¿Podrá el habla normal soportar la ofensiva que contra ella se ha desatado? Es imposible prever cuánto podrá calar su adulteración en las futuras generaciones, de perdurar estas normas.

Nada de esto es inocente. La pobreza del lenguaje apareja la del pensar. Por eso, en el estado totalitario que Orwell describió en 1984 se había impuesto, por ley, una nueva lengua: la “neo habla”. Ella consistía:

“…en palabras que habían sido construidas deliberadamente con propósitos políticos. Es decir, palabras que tenían en todos los casos implicaciones políticas, sino que además poseían la intención de imponer una deseable actitud mental en las personas que las utilizaba”

Claro como el agua. Las advertencias de Orwell son de toda actualidad. A eso mismo aspiran quienes buscan imponer un idioma que, lejos de ser igualitario, pavimenta el camino hacia un estado dictatorial. Tómese nota.

Por Daniel Zolezzi.

Fuente: Diario La Prensa.

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