El Emperador estaba chapita.

Incitato no había soñado jamás con ser Cónsul. Le bastaba disfrutar la comodidad de sus establos, la comida que se le ofrecía, bellísimos prados donde trotar alegremente; también yeguas a su disposición para follar con deleite.

Había algo mucho más importante: el honor de llevar sobre su lomo, habitualmente, al Emperador. El único inconveniente era que, con su poder inmenso, a él lo movían propósitos desatinados. Hacer tanto mal como se pudiera, humillar a los senadores, por ejemplo; construir puente que no llevaran a ningún lado y barcos inmensos que no podían navegar en un pequeño lago. Condujo sus legiones hasta las playas de Normandía (lugar donde siempre ocurren acontecimientos nefastos) no para invadir Britania, sólo para hacerlas combatir contra el mar del Canal de la Mancha, atacando el agua con lanzas, espadas y puñales.

Digámoslo con claridad: el Emperador estaba chapita… se llamaba Calígula e hizo Cónsul de Roma a su caballo. Afortunadamente este era incapaz de tomar ninguna decisión por lo que no agregó sus propias locuras a las de su Jefe; sólo alguna fiestita y el ansia de viajar para hacer escuchar sus estúpidos relinchos por todo el orbe.

¿Por qué se los toleró tanto tiempo? Hay sólo dos hipótesis: una epidemia fulgurante de imbecilidad sumamente contagiosa o, en su defecto, la castración masiva de los ciudadanos.

Por Enrique Graci Susini.

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