El Papa, Hungría y la migración musulmana.

En su reciente visita a Hungría, el Papa Francisco, en forma apenas velada, criticó a esa nación por restringir la inmigración musulmana. Instó a ser capaces de abrirse al otro; cosa la cual, en abstracto, es loable.

Luego, en otro carril, criticó que un país se encerrara en su identidad. Cosa a la cual, tanto Hungría como cualquier otra nación, tiene todo el derecho, siempre que guarde el debido respeto por las demás.

Evidentemente, Bergoglio aludió a dicha restricción a la inmigración musulmana. Ahora bien, no es un secreto para nadie, que esa inmigración conlleva una carga invasiva de Europa, que, frecuentemente, expresan -en forma agresiva-  algunos dirigentes de esa religión.

Sabido es, también, que de seguir así esa corriente migratoria y la tasa de natalidad que tiene en su nuevo suelo, en tiempos cercanos, serán más los árabes que los europeos nativos. En otras palabras: más los musulmanes que los cristianos.

Tanto Hungría, como Polonia y la República Checa han sido cautos con la migración árabe, cosa que debería ser elemental en los demás países del continente. A menos que no se aprecie la cultura europea, merced a la cual el cristianismo se hizo universal.

Y esos países no son mezquinos: Polonia es el país que más refugiados de Ucrania ha acogido (cerca de 800.000 personas). Además, fue víctima del genocidio soviético, especialmente, por su profunda tradición católica (recuérdese la masacre de los bosques de Katyn). No es casual que haya sido la cuna el Cardenal Wyszynski y del Papa Juan Pablo II, del cual el primero fuera mentor. 

Lo mismo sucede con Hungría, aplastada por los tanques rusos cuando su pueblo y su Iglesia se levantaron contra el comunismo, en 1956. Y he aquí que el Vaticano tuvo una actitud que los católicos húngaros recuerdan y les causa profunda decepción.

En 1949, el Cardenal Primado de Hungría, Josefz Mindszety, había sido condenado a prisión perpetua por el régimen marxista. Liberado por el alzamiento de 1956, al fracasar éste, debió asilarse en la embajada de Estados Unidos.

Allí estuvo hasta 1971, cuando los Estados Unidos y el Vaticano juzgaron que su permanencia en suelo húngaro perjudicaba su aproximamiento hacia la Unión Soviética y, prácticamente, lo obligaron a exilarse imponiéndole el “silencio periodístico”.

Con el añadido de que, en 1973, siguiendo esa política de apertura hacia el comunismo, el Vaticano declaró vacante la sede arzobispal que él ocupara. 

Por todo ello, Bergoglio debió haber sido más prudente. Porque, ante la dictadura marxista, el Vaticano no tuvo, ni remotamente, la valentía que tuvieron Hungría y su Iglesia. No era el caso de venir con admoniciones.

Además, todo país del mundo tiene el derecho a decidir si quiere recibir, o no, a gente que venga de otros lugares del globo y a establecer los requisitos que deben reunir aquellos a quienes decida admitir.

Ese es un derecho inherente a toda nación. Que no puede restringir ni la Unión Europea, ni poner en cuestión el Papado, que, al incursionar en lo político, cometió un grave error. Difícil darle lecciones en ese plano, tan luego, a Hungría.

Por Daniel Zolezzi.

Fuente: Diario La Prensa

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