El robo de arriba engendra el robo de abajo­.

Dos gravísimos flagelos, sufre la sociedad argentina. Uno, es la corrupción que carcome a las altas esferas del poder. (Que los gobiernos K ocupen la cúspide en esa materia, no los hace sus dueños exclusivos. Ella traspasa las fronteras de distintas administraciones).

El otro, es la inseguridad, que restringe la libertad de los argentinos, atrincherándolos en sus hogares apenas cumplidas sus obligaciones laborales. Nuestra ciudad de los cines, de los cafés, de los teatros, ha muerto. Corrientes, la calle que nunca dormía es, por las noches, un desierto de cemento. ­

Ambos males han sido objeto de análisis. Sin embargo, no recordamos alguno que haya puesto el acento en la directísima relación que tales flagelos guardan entre sí. De allí lo del título, inspirado en el slogan que la guerrilla acuñó en los años setenta como excusa de sus acciones violentas.

Pregonaba entonces que «la violencia de arriba engendra la violencia de abajo», garabateando un ABC de marxismo-leninismo. Ideología para la cual la mera existencia del Estado, cuando no está en sus manos, significa opresión. Pues bien, la guerrilla venía a liberarnos de ese yugo. (Ello, aunque el presidente constitucional fuera Juan Perón, bajo cuyo mandato se asesinó a Rucci y se tomó a sangre y fuego el cuartel de Azul. Y aunque, en ese tiempo, el índice de pobreza fuera diez veces inferior al actual…).­

OTRA MAXIMA FERREA­

Por nuestra parte, creemos que hoy rige otra máxima, de férrea vigencia, aunque no se la verbalice: el robo de arriba engendra el de abajo. Y debe subrayarse que del primero -y muy actual- participan algunos de los que coreaban aquello de las violencias de arriba y de abajo­

Alguien podría sugerir que, en realidad, el robo de arriba se limita a tolerar al de abajo. Que sólo es benigno con él, consciente de sus propias faltas. Sin embargo, la pacífica coexistencia de ambas formas de robar -y las justificaciones que de ellas ejercen los mismos personajes- prueban que están íntimamente ligadas.  ­

Comencemos por el delito de abajo. Se lo trata con guante de seda. Feroces delincuentes se benefician de lapuerta giratoria, de condenas increíblemente benignas o de prisiones domiciliarias. Así, aunque reincidan al amparo de tales beneficios.­

En cambio, quien defiende desde su uniforme policial a un turista robado y acuchillado -como Chocobar- o quien, desde su hogar, repele una agresión armada, son perseguidos con saña. Buena porción de los fiscales cree que su función consiste, primordialmente, en acusar a quienes repelen el ilícito. Es que muchos jueces y fiscales deben sus cargos, más al favor de políticos corruptos que a su idoneidad.

­IMPUNIDAD ASEGURADA­

Vayamos ahora al delito de alta gama. El que cometen políticos, tanto como empresarios y gremialistas vinculados al poder. Su impunidad está, casi siempre, asegurada. En sus causas se dictan sobreseimientos increíbles -enriquecimiento ilícito de los Kirchner, por ejemplo- o finalizan mediante una escandalosa prescripción (contrabando de armas a Croacia). Es cierto que ha habido algunos fallos que les resultaron adversos. Honor a los magistrados que los dictaron. Pero son la excepción a la regla.­

Agréguese que, cuando recae condena sobre uno de estos personajes, en poco tiempo pasa a ser cumplida domiciliariamente en lujosas viviendas. Poco tiempo los separa del goce de fortunas mal habidas. 

Vayamos ahora a los eslabones que unen a un robo con el otro. Uno es de naturaleza ideológica: el mal llamado garantismo (porque nadie se opone a las garantías de ley) cuya piedra basal consiste en la maldad intrínseca de la sociedad. De la cual, el delincuente vendría a ser su víctima. De allí que jamás se lo considere culpable de nada.

Este modo de pensar parece inspirado en Jean Valjean, aquel personaje de Victor Hugo castigado por robar un pedazo de pan. Ahora, eso sí; llevado a la práctica termina jugando a favor de los dueños del poder, que -consecuentemente- fomentan su difusión, aunque nadie crea en su pretendida ingenuidad. ­

Valgan algunos ejemplos. Su máximo exponente, el exministro de la Corte Zaffaroni alquilaba inmuebles de su propiedad para que en ellos funcionaran prostíbulos (De paso, ¿alguien oyó a las feministas hacer de ello motivo de queja?) ­

Otros eslabones, ya de hecho, unen a los corruptos del poder, con el delito común. Allí es donde se reclutan los militantes violentos de la política, que actúan como barras bravas del fútbol los fines de semana. Y están siempre disponibles para escraches, cachiporrazos y tareas análogas.

Otro nexo lo constituye el entramado que une al narcotráfico con la política y con parte del Poder Judicial. En Salta, dos jueces federales, uno de su capital y otro de Orán, fueron condenados por recibir sobornos de los narcotraficantes. En La Plata se desbarató una banda que unía tanto a jueces y fiscales como a policías dedicados a distintos ilícitos. Y ahora, la historia parece repetirse con un juez federal de Mendoza. ­

En definitiva, el maridaje entre el negociado del poder y el delito de la calle, es sólido. Tiene su nexo ideológico, el garantismo, que al tiempo que justifica el robo de abajo, justifica al de arriba bajo el cínico pretexto del law fare

Y tiene su enlace fáctico en los servicios de violencia que el delito de la calle presta a los delincuentes de poder. Nexo que ha fortificado la porción de jueces amigos que excusan al uno y al otro y participan de ambos. 

No terminará la inseguridad, hasta que el poder esté limpio de corrupción. Una cosa es directamente proporcional a la otra. Están sistemáticamente encadenadas.­ El robo de arriba, engendra el robo de abajo. ­

Por Daniel Zolezzi.

Fuente: Diario La Prensa

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