Grandezas y miserias.

El paisano Avelino Vega, catamarqueño radicado en un lugar alejado de la “civilización” y de la mano venal de los políticos profesionales, padre de doce hijos y pobre de solemnidad, cabalgó a lomo de mula durante más de 10 horas por inhóspitos senderos montañosos llevando en brazos a su hija enferma de tres años hasta Tatón, desde donde fueron conducidos hasta un hospital ubicado en la localidad de Fiambalá. Desafió a lo largo de 50 kilómetros el cansancio y el frío y así salvó, en un ejemplo de abnegación y grandeza paterna, la vida de la pequeña. Para el periodismo, lo que hemos narrado fue apenas una noticia digna de ser explotada para llenar espacios tipográficos o temporales y explotar la sensiblería de cierta gente, la misma que es incapaz de conmoverse por el asesinato –¡qué digo!, el “aborto terapéutico”– de un niño inocente e indefenso.

Más allá de la anécdota grandiosa protagonizada por aquel varón cuya edad no registraba ni su propia memoria, se esconde una terrible realidad de indiferencia y abandono generado por una dirigencia rapaz y frívola que ha sumido a poblaciones enteras en la indigencia, revalidando a diario su calificación bien ganada de miserable.

Ya saben nuestros lectores que no somos proclives a simplificar realidades complejas y menos hacer complejas realidades simples. Tampoco nos gusta apelar a los contrastes fáciles y a las notas sentimentales desprovistas de proyección moral y calidades ejemplificadoras. Aquellas son modalidades que practican permanentemente las izquierdas para encubrir su increíble orfandad de ideas, falta de claridad e incapacidad para ofrecer soluciones efectivas a problemas concretos. Mas esta vez quiero apelar a los recursos que rechazo para recordar aquí –lo han hecho algunos pocos medios que viven del escándalo y de los dineros que ese ejercicio procura– los raids turísticos por el exterior de la Primera Ciudadana de la Nación, como gusta auto-denominarse la multipropietaria candidata oficial a senadora [2005], por tiendas y boutiques donde se venden vestimentas de las más caras y otros lujos, pagando dineros inimaginables y posiblemente mal habidos para satisfacción de su vanidad personal, que es el rostro de su pequeñez.

Celebro por contraste aquí la grandeza del humilde catamarqueño, tanto como repudio los obscenos y ofensivos dispendios de la señora, cuya sonora bofetada al rostro de la pobreza no llegará nunca, por suerte, a la mejilla de aquel verdadero hombre rico en virtudes, que honra la condición humana.

Por Jorge C. Bohdziewicz.

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