Las caricias del Dragón.

La “trampa de la deuda” ligada a la Ruta de la Seda, asegura un incremento exponencial de la influencia estratégica China.

Don Mahinda Rajapaksa se había vuelto, además de turbio y avaricioso, pedigüeño. Corría cada tanto a pedir préstamos y siempre volvía con las manos llenas. Pedía plata para proyectos inviables e impagables, pero sin embargo siempre le daban el gusto… Es posible que Rajapaksa haya pensado que sus prestamistas eran tontos o dementes, pero a la larga el tonto fue él.

Mahinda Rajapaksa era presidente de Sri Lanka y estaba obsesionado con perpetuarse en el poder en base a la demagogia de la obra pública para mostrar gestión. Uno de sus proyectos faraónicos era construir el puerto de Hambantota. Rajapaksa tenía claro que los proyectos de obra pública eran un mecanismo para hacer campaña política y además para que corriera el dinero poco transparente, así que se volvió adicto al “mecanismo” que tantos fanáticos cosecha a lo largo del mundo. 

La política de otorgar créditos para financiar obra pública, que las propias empresas chinas construyen, le permite a Beijing obtener beneficios que van más allá de lo estrictamente económico, incluyendo sus planes militares y diplomáticos.

Y aunque los estudios de viabilidad dijeran que el proyecto no era rentable, China, el prestamista generoso que siempre decía que sí, le otorgó dinero con la condición de que la obra fuera realizada por China Harbour Engineering Company, una de las empresas estatales más grandes de China. Para 2012, el puerto luchaba infructuosamente por atraer barcos y los costos de construcción aumentaban. Era un enorme fracaso comercial y logístico que había que terminar de pagar y el gobierno de Sri Lanka volvió a acudir a sus socios que, por supuesto le dijeron que sí, pero esta vez las condiciones eran muchísimo más duras.

Hacia 2015 el proyecto era un consumado fiasco en todos los sentidos posibles y Sri Lanka había multiplicado escandalosamente su deuda con China. El monto era impagable para el empobrecido país. Entonces China, otrora tan manirrota, rechazó toda reestructuración de la deuda e hizo una propuesta “que no se podía rechazar”: agarró y se quedó con el puerto, listo el pollo. Sri Lanka debió ceder la explotación de Hambantota a Beijing por 99 años. Y ojo que no hubo cancelación de la deuda, el gobierno de Sri Lanka sigue obligado a liquidar los préstamos obtenidos del Exim Bank of China para construir el puerto y los acuerdos correspondientes a esos préstamos no se han modificado. 

China también construyó con sus empresas una central eléctrica de carbón en el noroeste y el nuevo puerto de Colombo. La capital ahora está llena de edificios construidos y manejados por China: un distrito comercial con torres para vivienda y oficinas, hoteles, un teatro para conciertos y la Torre Lotus considerada la más alta del sur de Asia. Como si esto fuera poco, Beijing también controla miles de kilómetros de tierra alrededor del puerto de Hambantota, que se incrementan día a día ya que los residentes han denunciado presiones para vender sus tierras para crear una zona industrial dirigida por China. El puerto comercialmente fue un fracaso, cosa que se sabía desde el vamos, pero le dio a China el control del territorio a solo unos pocos kilómetros de las costas de India, y un punto de apoyo estratégico a lo largo de un canal comercial y militar.

En Nairobi, la capital de Kenia, la presencia china es claramente visible. Hay universidades donde el mandarín es obligatorio; la mayor potencia la tiene una radio china. Uno de los grandes proyectos de China en Kenia, es la construcción del tren Standard Gauge Railway, más conocido como el “Madaraka Express” inaugurado en 2017 y el más caro que se ha llevado a cabo desde la independencia de Kenia. Para poder afrontar los préstamos impagables que le otorgó Beijing, el gobierno de Kenia se ve obligado a intervenir en la economía privada. Por ejemplo, obligó a las empresas de transportes que utilizaban el puerto de Mombasa, a usar el tren para trasladar mercancías desde y hasta Nairobi. Kenia es uno de los países más importantes de “La Iniciativa de la franja Económica de la Ruta de la Seda y de la Ruta Marítima de la Seda del Siglo XXI“ (Belt and Road Initiative -BRI). Kenia apenas ocupa el cuarto lugar entre los países africanos a los que más dinero ha prestado China, un ranking lo lidera Angola, seguido de Etiopía y Zambia. 

La lista de víctimas es larga pero la “trampa de la deuda” si bien está inseparablemente ligada a la Ruta de la Seda, en sus dos versiones terrestre y marítima, principalmente le asegura un incremento exponencial de su influencia estratégica.

Zambia, fue el primero en declarar que no podía pagar los préstamos recibidos, detrás vendrían muchos. Esta táctica de China de ganarse el favor de países pobres y desesperados a golpe de préstamos fue definida como “la diplomacia de la trampa de la deuda”. Con el objetivo de conectar al gigante asiático con el resto del mundo, al igual que las inversiones en los puertos de Gwadar en Pakistán y Chittagong en Bangladesh, China está construyendo infraestructura e impulsando su conectividad regional y su comercio a través de rutas marítimas y terrestres estratégicas.

En la reunión de 2018 del Foro de Cooperación China-África (FOCAC), China anunció un enorme paquete de inversión para el continente de más de 60.000 millones de dólares en forma de préstamos (muy blandos y accesibles, guiño guiño), fondos de inversión y líneas de crédito. Poco tiempo ha pasado, sin embargo el Ministro de Relaciones Extranjeras chino, Wang Yi, ya afirmó que el proyecto ha sido un éxito. Y los avances son palpables: se han construido 6.000km de rutas y ferrocarriles con el objetivo de conectar las costas este y oeste.

El gobierno chino ha mantenido el ritmo constante en el otorgamiento de ayuda económica a cambio de recursos naturales e infraestructura que son utilizados como garantía. La política de otorgar créditos para financiar obra pública, que las propias empresas chinas construyen, le permite a Beijing obtener beneficios que van más allá de lo estrictamente económico, incluyendo sus planes militares y diplomáticos, sumados a la creación de nuevos mercados para los productos chinos sin arriesgar transferencia tecnológica.

La acusación que pesa sobre la Iniciativa de la Franja y la Ruta, coloquialmente conocida como la Ruta de la Seda, del dictador Xi Jinping, es que el programa de inversiones y préstamos con el que China está tejiendo su extensa red de infraestructuras de transporte, energía y telecomunicaciones, es una sofisticada forma de neocolonialismo para abrir nuevos mercados para su empresas y, a la vez, quedarse con los recursos de los países más vulnerables gracias a la corrupción de los funcionarios. La lista de víctimas es larga pero la “trampa de la deuda” si bien está inseparablemente ligada a la Ruta de la Seda, en sus dos versiones terrestre y marítima, principalmente le asegura un incremento exponencial de su influencia estratégica. 

Ejemplo de esto es la base de Yibuti, un pequeño país situado en el Cuerno de África, que convirtió en la primera base militar de China en el extranjero y que debería haber sido clara advertencia frente a los proyectos portuarios que Xi Jinping tiene en otras partes del mundo como Tanzania, Emiratos Árabes Unidos, Pakistán o Myanmar. En 2017, nada menos que el Ejército de Liberación Popular chino inauguró la base a la que denominó un «centro logístico» para los efectivos desplegados en el continente, y para desarrollar una flota naval capaz de operar en aguas profundas. Por supuesto que no hay información sobre su real tamaño o el número de efectivos destinados a la base, cuya construcción se acordó por los gobiernos de ambos países, pero es dable calcular la desproporción de poder entre ambos Estados. Yibuti tiene fronteras con Somalia, Etiopía y Eritrea, se sitúa entre el mar Rojo y el golfo de Adén, en una de las rutas marítimas y de abastecimiento de energía más importantes del planeta, una bicoca para el gigante asiático.

Los contratos chinos incluyen cláusulas de confidencialidad y están condicionados a que empresas chinas realicen las obras de infraestructura estratégicas con escaso empleo de mano de obra local y nunca en posiciones de control o dirección.

En nuestra región, empresas chinas ya controlan más de 10 puertos en 7 países. Pisando fuerte en el de Chancay, en Perú, operado por la empresa china Cosco que también opera Ensenada, Manzanillo, Lázaro Cárdenas y Veracruz, en México. La reconstrucción del puerto de La Unión, está convirtiendo a El Salvador en una zona para la expansión política de China en América Central. Hace escasos días, se ha anunciado que el gobierno chino construirá en ese país una megabiblioteca. Los bancos chinos son una fuente de financiamiento ideal para los gobiernos latinoamericanos, aportando más de 150.000 millones de dólares a la región desde 2005. Solo en Venezuela, sus préstamos suman más de la mitad del total de la deuda de Caracas. 

Xi Jinping tiene, además de los incentivos económicos, dos motivos primordiales para priorizar la Ruta de la Seda: asegurarse materia prima para sus ciudadanos que son casi un cuarto de la población mundial y conseguir aliados en su lucha diplomática contra Taiwán. Cada sillita en un organismo supranacional cuenta. China lleva años centrada en esta cuestión y su presión sobre los países africanos ha tenido éxito. Ahora ha puesto el foco diplomático en hispanoamérica. 

La retórica del “neocolonialismo extractivista” que sostiene que China sólo busca los recursos naturales es una media verdad, por eso es un análisis muy parcializado mirar la Ruta de la Seda sólo con parámetros económicos. Hay que destacar que China tiene un par de ventajas comparativas frente a la diplomacia occidental. A Xi Jinping le importa un pepino si los mandatarios con los que negocia desayunan ositos pandas crudos. Menos le interesa ver la transparencia del uso de sus préstamos ni los condiciona a una agenda diseñada por pretenciosos ingenieros sociales. De hecho, China invierte principalmente en transporte, energía o minería. Muy en menor medida en los proyectos a los que históricamente se dedican los organismos internacionales occidentales como alimentos, la salud o la educación, con su política de intervención en la cultura, asistencialista y paternalista. Xi no necesita de ese marketing. El corto plazo occidental no es su problema principal. 

Su objetivo es crear un circuito de poder militar y diplomático, y con ese objetivo en vista acaba de firmar con Argentina el “Memorándum de Entendimiento en Materia de Cooperación en el Marco de la Iniciativa de la franja Económica de la Ruta de la Seda y de la Ruta Marítima de la Seda del Siglo XXI” aderezado con un préstamos de casi 24.000 millones de dólares, además de haber firmado trece documentos de cooperación. China es el principal prestamista de países como el nuestro, con democracias de relativa intensidad y mucha necesidad de fondos frescos. La humillante y chapucera visita de la comitiva oficial del presidente Alberto Fernández confirma que entramos perfectamente en el modelo de países que le gustan a Xi.

Los contratos chinos incluyen cláusulas de confidencialidad y ventajas sobre otros acreedores además de operar bajo la misma lógica: préstamos condicionados a que empresas chinas realicen las obras de infraestructura estratégicas con escaso empleo de mano de obra local y nunca en posiciones de control o dirección. Las empresas constructoras que son pilares de la Ruta de la Seda tienen denuncias en todo el mundo por corrupción, pésima calidad, por falta de transparencia, por el uso militar y por concesiones desproporcionadas en tiempo y espacio y sin margen de maniobra para los países receptores. 

Los argentinos tenemos un claro ejemplo de sumisión de nuestro Estado al chino. En 2014 se aprobó en el Congreso la concesión, gratis y además otorgando exenciones impositivas, de 200 hectáreas patagónicas a la Agencia Nacional China (que es exactamente lo mismo que decir que se otorgaron a Partido Comunista Chino) por un lapso de 50 años para la instalación de una “estación espacial”. La construcción se terminó en octubre de 2017 y no tiene ni controles ni restricciones al uso. Esta base china no permite al Estado argentino ninguna injerencia, y se podría utilizar militarmente y para espionaje ya que además tiene permisos especiales para sus antenas y para el uso del espectro radioeléctrico nacional. 

Las empresas constructoras que son pilares de la Ruta de la Seda tienen denuncias en todo el mundo por concesiones desproporcionadas en tiempo y espacio y sin margen de maniobra para los países receptores. 

La influencia china no descuida los aspectos culturales e ideológicos. Existe una colosal red global conocida como Institutos Confucio, dirigidos por el Ministerio de Educación Chino que supervisa programas y contenidos (de nuevo el PCCH marcando el pulso), destinados a adoctrinar sobre las bondades del régimen más asesino de la historia y silenciando sus atrocidades. Antes de la pandemia funcionaban en el mundo más 1500 Institutos Confucio, generalmente en convenio con universidades. En Argentina y en todo el continente están asociados a las principales universidades e institutos. 

El Estado argentino, un adicto a la deuda, va a aceptar las caricias del Dragón gustoso. No importa la hipoteca que se deje a las generaciones futuras, no importan las cláusulas secretas ni las garantías que se entreguen por los préstamos tramposos. Lo importante es conservar el poder y llegar como se pueda al 2023. La misma historia que llevó a Don Mahinda Rajapaksa a vender el alma al diablo. Pero los ejemplos son muchos, no podremos decir que no estábamos advertidos.

Por Karina Mariani.

Fuente: Faro Argentino

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