Mentira.

Sólo ingenuos o cómplices pueden, a esta altura, sorprenderse del choque entre la hipocresía y la enfermedad psicopática que ocupan los dos primeros puestos del Poder Ejecutivo en nuestra patria. Desconocer ese natural resultado sería tan inútil, si no dañino, como pretender razonar con alguna de esas dos personalidades irreversibles. Aunque esto no significa que falten señores y señoras ventajitas que quieran sacar provecho del río revuelto. Ni que grandes poderes -como el del FMI, por ejemplo- no apuesten con probabilidades a la colisión y estén jugando ya para próximos mandamases, seguros de que los actuales van a perder o se van a tener que ir.

Sea lo que sea, lo más grave es que va a quedar definitivamente instalado el fundamento de todo este desquicio: la mentira.

VIEJA COMO EL MUNDO

La mentira cultural y política es vieja como el mundo y de ningún modo exclusiva. Prueba de las más pretendidamente civilizadas es el festejo, apenas días atrás, de la proclamación de «la felicidad» como Derecho Humano, que arranca con la Constitución norteamericana (Thomas Jefferson, tercer Presidente de Estados Unidos). Como si la tristeza y la pena fuesen modos de hurtar una obligación que la vida tiene para con nosotros, así de absurdo.

Naturalmente, para poder imponer semejantes disparates es preciso construir un sistema de pensamiento que vaya minando la libertad de espíritu, esclavice y destruya el orden intelectual tradicional. Eso, que vieron durante la primera mitad del siglo XX pensadores como Spengler, Guénon, Belloc, describiendo la decadencia del mundo moderno, está hoy definitivamente claro: se trata de reemplazar en cada caso la verdad para establecer en su sitio un nuevo orden revolucionario. 

El asunto resultaría de vulgaridad absoluta para merecer esta cita si no fuese porque casi nadie lee ya casi nada. Especialmente no a estos autores malditos por la cultura ambiente que, como bien ha establecido Augusto del Noce (El erotismo a la conquista de la sociedad), lleva la revolución hasta el odio de los propios genes, hoy en nombre de los derechos LGTB.

Y hasta en nombre de la ciencia, como con números amañados trata de demostrar el New England Journal of Medicine (suerte de biblia galénica) en su polémica con los muchos Estados norteamericanos que quieren limitar el aborto. Pretende que los embarazos no buscados «harán esperar» mayores cifras futuras de mortalidad que el aborto, como si la muerte del niño por nacer no debiese ser tenida en cuenta a la hora de los cálculos (Restrictive State Abortion Bans. Weekend Briefing. N Engl J M, March 26, 2022), y serán además causa de desigualdad.

EL MISMO ESPIRITU

El torpe gobierno de la mentira que soporta hoy nuestro país ha dado ya numerosas muestras de ese espíritu. En los últimos tiempos, dos hechos vuelven a amenazar con daños irreversibles.

Una es la secesión de parte del Sur de la mano de pseudomapuches a los que el Estado nacional protege contra la voluntad de quienes viven en las provincias bajo riesgo. Otra es la renovada lucha contra el campo cuyo aspecto económico no es sino pretexto que disimula a un odio mayor. En síntesis, un territorio y una sociedad divididos y debilitados, víctimas del resentimiento propio de las personalidades vulgares que han llegado a la cima del poder político. Y allí la pregunta que se responde sola: ¿Cómo es posible que semejante gente y sus adláteres de similar baja calidad gobierne a un pueblo que los supera por lejos? Es que, en efecto, el sistema de representación amañado desde el pacto de Olivos para reformar la Constitución no podía sino terminar así. Pero va a profundizar la caída a menos que se lo reemplace por el que conduzca a una república verdadera, que permita elegir a sus gobernantes a partir de lo conocido por inmediato y resulte espejo genuino de la calidad de sus hijos. 

Así como cada mentira de estos falsamente encumbrados dura unas horas y es reemplazada por otra o por su mera contradicción, así también su efecto se va tornando cada vez más grave en la medida en que se aleja velozmente de lo cierto. Véase si no lo que es hoy la Educación, día a día más ampulosa, más numerosa en burocracia, pero más vacía. Y entiéndase entonces que la mentira no es sólo la falta, sino el odio a la verdad.

En los últimos días se expuso en la catedral de La Plata la obra tridimensional del Cristo yacente esculpida por Luiggi Mattei siguiendo los datos exactos de la Sábana Santa, sudario que se ha conservado azarosamente desde entonces como gráfico testimonio de la Pasión para los hombres del siglo XX en adelante. Allí se comprueba con horror la inédita crueldad con que la Mentira castigó a la Verdad hasta su muerte terrena. Sin exagerar, a eso podemos ir llegando como patria por este camino.

Por Hugo Esteva.

Fuente: Diario La Prensa

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