Ni socialistas ni estatistas saqueadores­.

En política, hay que conocer al adversario, para poder caracterizarlo. Para explicar qué es lo que nos distingue de él. Y, cuando es necesario -como lo es hoy- debe acentuarse lo que nos opone a él diametralmente.  Al actual gobierno, se le han señalado mil y un defectos. Con toda razón, se le han enrostrado en los planos de la economía, de la política exterior, de la mera gestión -incluida su pésima administración de la pandemia- y en el de su falta de ética. ­

Sin soslayar a los demás, considero que este último es central y debe constituir el eje del discurso opositor. Sin embargo, no siempre se ha puesto en él el debido acento.  Por ejemplo, creo que es erróneo tildar al gobierno de socialista, como lo hacen algunos, teniendo en cuenta la excesiva intervención estatal que impera sobre esferas propias de la actividad privada. Es un error poner allí el acento, porque hay distintos tipos de socialismo, con alto grado de diferenciación. ­

En muchos países europeos, gobiernos de ese signo no interfiere  en la propiedad privada, como sucede entre nosotros. Otro tanto puede decirse del socialismo de naciones vecinas. Como el de Bachelet en Chile o el de Tabaré Vázquez en Uruguay.

Razón por la cual, decir que el régimen K es socialista, es casi lisonjearlo. Y, además, ese marbete puede distanciar de la oposición a gente que mira con cierta simpatía a un socialismo como los antes mencionados. Pregunto: ¿alguien imagina que, de vivir hoy, socialistas como Juan B. Justo, Mario Bravo o Alfredo Palacios, podrían ser K? De ningún modo. Estarían entre los más combativos opositores.­

Por otra parte -y esto pinta de cuerpo entero al régimen que padecemos- es que él no ataca a la propiedad privada en sí, como sucedió en los países en los que imperó el comunismo. Ataca a algunos propietarios, a quienes sindica como enemigos, al mismo tiempo en el que los propios fundan imperios económicos a costa del Estado.

Pruebas al canto: se rompen silo bolsas, pero no en los campos de los jerarcas K. Se queman bosques en la Patagonia, pero lucen intactos los lujosos hoteles que, en esa región, posee Cristina. Calafate no es santuario mapuche: allí, los incendiarios no se meten. ­

Valga otro ejemplo ostensible: el capitalismo es bienvenido si es del grupo Vila-Manzano o de Cristóbal López. En cambio, el de Clarín, es nefasto, como lo es toda explotación agraria que no sea de propiedad amiga.

La enemistad K no es, pues, con la propiedad privada. Es con la de sus opositores. Claro que ella se purifica de todo pecado, si pasa a manos amigas.­

Poco tiempo atrás, dijimos en estas columnas que la verdadera grieta no separa modos de pensar. Es moral: separa a la gente correcta de los saqueadores del Estado. Allí es donde la oposición debe poner el acento. ­

Repárese en un punto que, no ha sido objeto de mayor atención, aun siendo clave: el de la predilección internacional de los K. Aman a todo lo que se vincule a Rusia y a China, prolongando el amor que por ellas profesaba el marxismo, antes de la caída del Muro. ­

Pero resulta que esas naciones abandonaron el comunismo hace, al menos, tres décadas. Y que reina en ellas un capitalismo salvaje que escapa a todo control (aunque, en China, el partido único se siga llamando Comunista).

Sucedió en esos países lo que el gran George Orwell vaticinó en los años cuarenta del siglo pasado. Impera en ellos un capitalismo hecho desde el Estado, por y para los altos dirigentes de sus burocracias. ­

Nuestro gobierno no se propone llegar al marxismo leninismo. Salteando esa etapa, procura entrar directamente en la que sigue: la del capitalismo de fortunas hechas a costa del tesoro público. ­

Por ello, la oposición debe abroquelarse alrededor de la bandera de un manejo ético y transparente de la cosa pública. En otros tópicos tendrá, como es natural, opiniones diversas. Pero en lo primero debe ser frontal; y serlo de modo absoluto e innegociable.­

Por Daniel Zolezzi.

Fuente: Diario La Prensa

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