Ocurrió en 2005.

Casi simultáneamente con la divulgación en tono triunfal de la noticia de que una señora se había sometido con éxito a un «aborto terapéutico», es decir y en otros términos, consentido el asesinato de su hijo en gestación para salvar, supuestamente, su propio pellejo rechazando otra opinión médica, un canal de televisión informó –seguro que por equivocación– sobre un caso emocionante y ejemplar ocurrido en Chile que hace tambalear toda la construcción fácil que la propaganda oficial montó en torno al nuestro para cohonestar el espanto. Una mujer que parecía de una extrañísima enfermedad genética, cuyo resultado fue un marcado enanismo –medía no más de 97 centímetros de altura– había quedado embarazada. Los médicos de Valdivia, localidad en la que vivía si mal no recuerdo, habían anticipado que si continuaba con la gestación moriría indefectiblemente. Otros médicos especialistas opinaron lo mismo. También los de Santiago. Sin embargo, la pequeña mujer tenía un gran corazón, corazón de madre, y decidió continuar con el embarazo a despecho de las recomendaciones de quienes suelen emitir juicios apodícticos en una materia a menudo opinable y siempre sujeta a inesperados. El resultado no pudo ser más feliz porque Dios la premió. Aunque prematuro, el bebé nació en buenas condiciones y la madre goza de salud.

El caso vernáculo cuyo desenlace fue tan desgraciado como repugnante, había sido aprovechado a fondo por nuestros medios para llevar agua al molino de los abortistas declarados y al de los abortistas vergonzantes. Era necesario instalar el debate ya, dijeron al unísono. El de la chilena, en cambio, excepto la explotación circense que hizo un programa de televisión, transcurrió en medio de un silencio apabullante y hasta hubiera pasado inadvertido para este cronista si no fuera que un hecho fortuito lo obligó a mirar un informativo que nunca mira. Lo único que esperamos es que los ignorantes en estas materias, los vacilantes y extraviados de buena fe se informen, reflexionen y no se dejen atropellar por la ideología abortista que, invocando la libertad y la dignidad de la mujer, pueden convertirla, con mayor o menor conciencia, en asesina de sus hijos.

Por Eugenio Rodríguez Marangoni.

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