Peor que mentir.

Peor que mentir es intentar justificar la mentira. La mentira, que alguna vez puede ser sólo fruto de la cobardía, se redobla al quererla explicar. Se miente entonces a plena conciencia y se busca un culpable a quien cargar con el peso de lo que se sabe mal, aunque no se confiese. Una mentira lleva así a la otra hasta constituir una madeja imposible de desenredar a menos que se la corte sin reparos.­

Por elemenetal que parezca lo antedicho, si se lo aplica a la conducción de un país el resultado es trágico.­

Al conjunto enhebrado de mentiras se ha dado en llamar relato. Y el relato tiene sus especialistas entre quienes nos gobiernan. De hecho, desde la máxima autoridad hasta todos los funcionarios salientes y, en particular, los candidatos a ser votados, son en realidad polemistas. Lejos de apuntar a la solución de los problemas de la sociedad, hacen de su opinión un juego dialéctico -más o menos aceitado, más o menos ridículo- de corto plazo.­

Las modernas palabras habitualmente empleadas para mentir son, en boca de esos personajes, del tipo «científico», «racional», «democrático», «consensuado». Nada nuevo desde 1789, cuando se quiso establecer que la verdad dejaba de ser una categoría permanente para transformarse en una elección mayoritaria. Casi dos siglos y medio de experimentar el daño provocado por esa mentira no han servido para mellarla, al menos para quienes la usan como factor arquitectónico de su poder.­

Y así los que dirigen como fruto de un sistema en el cual campea la artimaña, al punto que los políticos terminan no representando a nadie sino a sus particulares intereses, usan el argumento de la democracia para ocultar su impericia. Véase el mundial papelón que estamos haciendo frente a la pandemia de coronavirus, a pesar de contar con médicos y personal auxiliar de más que adecuado nivel y capacidad de esfuerzo, y no sería necesario ningún otro ejemplo.­

Pero la instalación de la mentira es más profunda, desde que nos hacemos campeones de cuanta perversión de la verdad anda suelta por ahí. Se entiende que el Presidente debe tener razones domésticas para decretar que el DNI ofrezca ahora tres opciones. Pero que el carnet niegue lo que está escrito en nuestros genes es tergiversar por demás. Y se inscribe en línea con lo que previera el lúcido humanista y político italiano Augusto del Noce en los años setenta a través de su imprescindible El erotismo a la conquista de la sociedad, señalando que la última instancia de estos revolucionarios era la revolución contra sí mismos, contra su propia naturaleza.

De ahí la teoría que adoptan, a manera de relato, quienes alimentan la ideología de nuestros actuales gobernantes. Son todos ecologistas, aunque demuestren cotidianamente que no son capaces siquiera de custodiar el caudal de nuestros ríos. Y apoyan lo ecológico porque es el modo de escapar al tradicional respeto por el Orden Natural cristiano que, entre otras cosas, los obligaría a portarse bien.­

Lo antedicho, expresado en lenguaje llano y por supuesto no inclusivo, puede sonar ligero: pero es sencillo como es siempre la verdad, ajena a los tortuosos vericuetos con que se quiere justificar la mentira.

Como también es verdad -miremos a la Naturaleza- que en la Argentina siguen naciendo horneros (caseros para la gente del campo) trabajadores, sencillamente elegantes, de paso seguro y vista agudísima, ejemplares constructores de sus sólidos nidos. Y, además, capaces como he visto, de pararles rodeo a las calandrias, ladronas imitadoras, altaneras pero vacías.­

Por Hugo Esteva.

Fuente: Diario La Prensa

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