Rise and decline of the american empire.

La terminación del período constitucional del presidente Trump está dando lugar a infinidad de comentarios y apreciaciones respecto de una crisis política en EEUU.

Hemos leído (pese a su extensión) un larguísimo artículo de Inés Capdevila, del cual rescatamos que al parecer y en su opinión, la democracia en EEUU está en crisis; y también en la columna de Morales Solá, en el tono sentencioso y severo que acostumbra, que los populismos son iguales en cualquier latitud, o sea que Trump, Bolsonaro, Maduro, Morales (Evo), los diferentes peronismos incluyendo en uno de éstos al kirchnerismo, ciertos gobiernos de Europa y Asia, como los de Hungría y Norcorea, son todos iguales, sin importar el bagaje ideológico en que se apoyan o que digan que los anima. Su modus operandi sería, siempre y en cualquier parte del globo terráqueo en que se aposenten, el mismo: dividir a la sociedad en dos bandos, los buenos (ellos) y los malos (los otros); el común denominador de todos esos populismos es, según Morales Solá, que son antidemocráticos. Ambos periodistas concuerdan -directa o indirectamente- entonces, que lo que está en peligro en EEUU, es la democracia.

Sorpresivamente se ha incorporado a este coro de demócratas, la Compañía de Jesús, como no podía ser de otro modo, siendo el actual Papa miembro de dicha compañía, aunque en este caso no discurren sobre las esencias del populismo (hace rato que a los jesuitas no los atrae la especulación filosófica) sino que, lisa y llanamente, se han sumado al pedido de “impeachment” contra el Sr.Trump.

Tantas coincidencias en un mismo sentido y tantos bichos diferentes en una misma bolsa, dan que pensar. Por tanto, mejor, vayamos por partes: En primer lugar hay que precisar que los EEUU no son una democracia -aunque la Sra. Capdevila crea lo contrario- si no una república representativa. Nos remitimos para esta aserción, a la definición clásica de democracia: demos-kratia, gobierno del pueblo y a la fórmula acuñada por el constitucionalista norteamericano Alexander Hamilton -uno de los padres de la constitución de ese país- y repetida en la nuestra: el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes; atento lo cual debemos concluir que si hay una crisis en los EEUU, como dice la Sra. Capdevila, tiene que ser del sistema republicano-representativo y no de la democracia, la cual sería más bien, una filosofía política y no un régimen o sistema político. Claro que este tecnicismo es más difícil de ser comprendido por el gran público, por lo que suponemos que la Sra. Capdevila simplificó el problema y usó el término “democracia”, para que cualquier palurdo que leyera el diario lo entendiera, aunque no sepa exactamente qué significa.

En segundo lugar está la mezcolanza de personajes y formas de gobierno que hace el Sr. Morales Solá. ¿Es posible por ejemplo, homologar el régimen stalinista de Corea del Norte con el vigente en Brasil, donde se respetan los derechos individuales y las libertades públicas? ¿Se puede decir que son iguales el primer peronismo, claramente antimarxista, que el marxistoide kirchnerismo, socio controlante de la actual coalición gobernante en nuestro país? ¿Son equiparables acaso, los gobiernos del Sr. Trump y de Nicolás Maduro? ¿Rige en Venezuela un estado de derecho cómo el que ha frustrado en EEUU, las expectativas de Trump de revertir por vía judicial el resultado de las elecciones?

Podríamos seguir poniendo interrogantes que muestran las contradicciones en que incurren estos analistas, que tratan -por motivos que no están claros y que dan lugar a teorías conspirativas- de asimilar realidades muy diferentes; pero, precisamente ello, nos hace pensar que existe la intencionalidad en todos esos expositores, de deslucir la personalidad de los gobernantes contrarios al mundialismo, mezclandolos con los que se deslucen por sí solos y de desvalorizar las políticas contrarias a las propiciadas por el mundialismo.

Pongamos por caso, dada su relevancia geopolítica y económica, a los EEUU. Desde el inicio de su gobierno, el Sr. Trump tomó medidas contrarias a los planteos supranacionales, que vulneran tanto los credos religiosos de gran parte de la población, como los preceptos morales derivados de esos credos; y por el contrario, afirmó la primacía de su país en el concierto de las naciones y revalorizó la vigencia de valores y principios religiosos en el orden interno, entrando en conflicto con factores de poder y organizaciones políticas que sostienen los contrario. ¿Extraña entonces que los seguidores de Trump, que son quienes adhieren a esa concepción de la Nación y de la política, vean como enemigos acérrimos a quienes se oponen a tal concepción? Ciertamente, estos valores y principios introducen un elemento extraño en la política: el absoluto; ¿pero, no fueron acaso, los valores religiosos un elemento fundacional de la república norteamericana? ¿Y extraña que quienes se sienten portadores del hálito fundacional de la Nación, se enfrenten con quienes o son indiferentes o directamente reniegan de ese hálito?

Esta división es recurrente en la historia de las sociedades humanas, nada tiene que ver con la alternancia de los gobernantes y partidos en el poder, ni con la vigencia de las libertades individuales, no involucra a la democracia como principio informante del régimen político; no la creó Trump para ganar una elección. Y en los EEUU se la puede rastrear en los sustratos más profundos de la Guerra Civil (1860/65), y modernamente, en las emergencias de la guerra de Vietnam, donde una parte de la juventud se manifestaba tumultuosamente (era lo que mostraban los noticieros), en contra de su incorporación a las filas, mientras otra parte, la mayoría silenciosa (definida así, con toda exactitud, por el presidente Nixon y que no mostraban los noticieros), se enrolaba voluntariamente. Son dos actitudes diametralmente opuestas: De un lado, el servicio a la Patria donde y como sea requerido, arrostrando los sacrificios y riesgos que ello implique, incluso hasta el sacrificio de la propia vida; y también, el compromiso personal con la defensa y preservación de la identidad y autonomía nacionales. Y del otro, el escabullirse de esos riesgos y sacrificios escudándose en una posición pretendidamente idealista, abrazando ideas y propuestas que conllevan la dilución de la nacionalidad en un orden transnacional, antagónico de todo aquello en que se funda y sostiene la Nación. Esta división lejos de atenuarse con el transcurso del tiempo, se ha ahondado con el avance del mundialismo y sus formulaciones, cada vez más audaces y agresivas para la moral tradicional. Los EEUU, como toda gran nación, deberán resolver este conflicto para avanzar hacia la consecución de su destino o verá su destino enervado por el conflicto irresuelto.

Nos queda una última reflexión: A nuestro criterio, lo que la presidencia de Trump pone de manifiesto, es la insuficiencia del sistema político norteamericano para dar solución a esta disímil concepción de la política y de la Nación. Por otra parte, ninguna potencia mundial puede subsistir cambiando de orientación cada cuatro años, ni puede mantener su liderazgo desechando hoy lo que ayer afirmaba. Si el presidente Biden, según parece y anunció en su campaña electoral, va a deshacer todo lo que el presidente Trump hizo, el mundo entero va a desconfiar de lo que los EEUU afirme o diga que va a sostener. Y si el presidente Biden no hiciera lo que anunció, sería infiel a la masa de votantes que lo eligió, con lo cual daría al traste con el denominado “compromiso democrático”. La sucesión de Trump, pone, blanco sobre negro, las carencias para resolver la conducción de una potencia de escala planetaria, por parte de un sistema electoral -que dicho sea de paso, es mucho mejor que el nuestro- concebido para designar el gobierno de un Estado-Nación.

Alberto Santos.

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