«Símilar»

Sabrá usted: mucha gente -demasiada- comete habitualmente la tilinguería de exclamar: «No, pero allá…», para referirse a lo que sucede en los Estados Unidos o Europa comparado superlativamente con nuestras desgracias. A raíz de un breve pero variado viaje por el «gran país del Norte» acabo de tener la oportunidad de comprobar que eso, si existió de verdad, ha perdido vigencia. Ahora la expresión más común, cada vez que se me preguntaba por los problemas argentinos, era un «símilar» -con acento en la primera sílaba- por parte de los norteamericanos.

Es cierto que, por afinidad, conversé principalmente con republicanos que, si bien no son especialmente trumpistas, piensan que Trump hizo muchas cosas bien aunque las degradó con su tono y su tipo; pero que por otro lado creen volver a ganar en las elecciones próximas. Aún así también me tocaron algunos de los pocos demócratas que van quedando, capaces de hablar de manera moderada. Porque, en realidad, aquellos demócratas que se ilusionaron con Kennedy antes de que lo asesinaran por ser capaz de denunciar a los dueños del mundo que hoy siguen vigentes, esos demócratas que se hartaron del «manisero» Carter y toleraron mal a Clinton, pero fueron siempre más agradablemente abiertos que los «whasp» del otro partido, esos no volverán. Han sido por completo reemplazados por violentos revolucionarios culturales sobre los que volveré.

Antes debo aclarar que no tengo ningún prejuicio contra Estados Unidos en general. Y aunque no dudo de que han sido los mejores y por eso más equivocados -faltos de anticuerpos- discípulos del Iluminismo y la Revolución Francesa, les debo mucho en materia de formación profesional. Y es más, aprecio en todo su valor su capacidad de trabajo y, en especial, ese modo de disecar cada una de las porciones de una tarea, resolverla a fondo y luego rearmar el conjunto con resultados sobresalientes. Recuérdese apenas que fueron los inventores de las cosechadoras automotrices para entender la importancia universal de esa habilidad que se refleja en tantas otras disciplinas.

SOCIALISMO A LA VIOLETA

Pero volviendo a los republicanos, su crítica al socialismo a la violeta del gobierno de Biden y su desprecio por lo que entienden la figura discapacitada del Presidente es, realmente, «símilar» a lo que comprobamos de nuestro Fernández. Claro que los signos y los síntomas son menos graves que los propios; pero es que EE.UU. viene bajando desde un nivel mucho más alto.

Así y todo, hay que ver la agresividad social contenida que lucen los transeúntes en una ciudad como Chicago -fabulosamente linda por sus maravillas arquitectónicas que abarcan bastante más de un siglo y siguen siendo edificadas sin tregua- entre quienes se ve gente de todo color y raza, pero donde faltan casi por completo los previos blancos rubios que uno podría haber esperado.

No poco ha de deberse a la situación económica, presidida por una inflación para ellos inaceptable que los llena de incertidumbre, pero mucho más a una presión cultural francamente subversiva frente a la tradición del pueblo norteamericano que todavía puede comprobarse en Estados más chicos, en los que predomina la actividad rural sobresalientemente intensa y tecnificada.

Aquella presión se pone de manifiesto sin atenuantes en el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago (MCA), al que uno entra para ver en qué anda la pintura de hoy y donde la muestra principal sale de las manos de un homosexual afroamericano que aborda la pornografía disfrazada con brillos, apuntando sin disimulo al «black life matters» que inunda todos lados con su propaganda. Allí puede también toparse el repugnante video de otro morocho «gay» semidesnudo que, embelesado, se va vistiendo de mujer frente a un espejo. No me pregunten cómo termina la película porque la repugnancia no tolera más que unos segundos; pero sí puedo dar testimonio ante semejante degradación de la presencia de cantidad de chiquitos de diferentes orígenes en medio de la indiferente mirada de sus padres: como si tal cosa.

Naturalmente, la misma presión desenfadada va llegando a todas partes: así, en el elegante suburbio de Oak Park -donde viviera y trabajara el célebre arquitecto Frank Loyd Wright- sobran las ricas casonas típicas adornadas con la multicolor bandera LGBT y las presididas por carteles que alientan el resentimiento racial.

¿ES ESTO CULTURA?

Tal la «cultura» del todavía primer país de Occidente, presidido por un ejemplar contradictorio que no está del todo en sus cabales y tiende a empujarlo a la guerra. Un país donde los estudiantes universitarios empiezan a instalar máquinas expendedoras de abortivas «pastillas del día después» en sus institutos y donde la propaganda contra la supresión del fallo Roe vs Wade por los medios de comunicación no puede ser más intensa. «Cultura que observa sin comentarios cómo en Holanda se propone la eutanasia en chicos menores de 12 años -¡siempre que no sea contra su voluntad!!!- (Observatorio de Bioética UCV, 6 julio 2022), o cómo se ponen de moda tratamientos clínico/quirúrgicos «trans» en jóvenes que se arrepienten en gran proporción cuando ya son irreversibles (Idem, 11 de julio 2022).

Haber advertido sobre esta decadencia fue una fundada anticipación (Belloc, Spengler, Guénon) desde más de un siglo atrás. Pero sin duda la claridad anticipatoria no resulta virtud en política y, en cambio, da lugar con frecuencia a que se mate al mensajero. Así, ya ante los hechos consumados, la pasividad es hoy cobardía. La misma cobardía se va haciendo regla en nuestra patria, empobrecida y traicionada desde dentro por un gobierno y una clase política que sólo se sostienen para eso. Es cuestión de no rendirse.

Por Hugo Esteva.

Fuente: Diario La Prensa

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