¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

En la noche del 24 de mayo de 1919 exhaló su último suspiro en Montevideo-Uruguay el romántico poeta Amado Nervo, Ministro Plenipotenciario de México en Uruguay y Argentina. Ambos países dispusieron que el cuerpo del poeta fuera devuelto a su patria en la Corbeta Uruguay (actualmente amarrada en Puerto Madero). La Argentina decidió que uno de sus buques de guerra acompañara a la Corbeta, con tal motivo, por expresa disposición del Presidente Don Hipólito Yrigoyen, el Ministro de Marina ordenó al comandante del crucero 9 de Julio, capitán de fragata Francisco Antonio de la Fuente: «Que el buque a su mando escolte a la corbeta Uruguay que conducirá a México los restos de Amado Nervo». Su cadáver fue conducido a México por la corbeta argentina ARA Uruguay, escoltada por barcos argentinos, cubanos, venezolanos y brasileños.

Según relata la historia, el capitán del crucero argentino 9 de Julio recibió instrucciones del Presidente Yrigoyen, de que al regresar a su país hiciera escala en la República Dominicana, en aquel entones ocupada militarmente por fuerzas de los Estados Unidos de América, cuya bandera flameaba en ese país centroamericano.

A su regreso hacia Argentina, después de cumplida su misión, arribó al Puerto de Santo Domingo el 20 de enero de 1920. El comandante del crucero 9 de Julio al no ver en la fortaleza «Ozama» la bandera dominicana, no hizo los saludos exigidos por el protocolo internacional, lo que motivó que las autoridades norteamericanas pidieran al Capitán las causas de su descortesía.

Cuando ocurrió este desagradable caso, hacía 4 años que se había declarado oficialmente la implantación del gobierno militar norteamericano, que tuvo lugar en aquella época (1916), cuando el íntegro patricio doctor Francisco Henríquez y Carvajal, designado Presidente de la República Dominicana por decisión del Congreso Nacional, se negó a aceptar las humillantes condiciones que para su formal reconocimiento le hiciera el gobierno de Estados Unidos que en ese entonces detentaba, de acuerdo con la convención de 1907, la total percepción de los ingresos aduaneros dominicanos.

Todos conocemos que una fuerza de ocupación coloca al tope de los edificios y fortalezas cautivas su propia bandera. La dominicana no flameaba sobre la tierra de las virtudes soñada por Juan Pablo Duarte, que siempre deseó una patria libre, soberana y sin intervención de extrañas potencias. La gallarda respuesta del comandante del crucero 9 de Julio, no se hizo esperar. Le informo al comandante de las fuerzas de ocupación que «tenía instrucciones de mi gobierno de saludar únicamente la bandera dominicana». Así lo hizo.

Epopeya sin nombre, gran hazaña sin par, la muy noble y leal ciudad de Santo Domingo, sintióse regocijada y fortalecida cuando el crucero argentino 9 de Julio, enarbolando al tope de su palo mayor la bandera dominicana, la saluda tal y como se le hace a una nación soberana, gesto sin precedente, en aquellos tiempos.

Las memorias dicen que los pobladores cosieron de apuro con grandes trozos de tela la bandera dominicana, y que la izaron en el torreón de la fortaleza; el crucero de la armada Argentina, 9 de Julio, respondió con una salva de veintiún cañonazos. El pueblo se lanzó a las calles, olvidando las prohibiciones impuestas por las tropas de ocupación. ¿Cómo actuaron éstas? Los delegados pidieron instrucciones a Washington y ese mismo día recibieron una sensata y conciliadora respuesta: responder los saludos con las salvas de práctica.

La invasión norteamericana «Más que un crimen era un error»; ante la difusión internacional que tuvo el suceso, Washington resolvió de inmediato cablegrafiar a Santo Domingo para que fueran levantadas por medio de la Orden Ejecutiva Nro. 385 las disposiciones que conculcaban la libertad de expresión oral y escrita de los dominicanos. Aprovechando el nuevo clima de relativa distensión constituyeron Juntas Patrióticas que exigieron con firmeza el fin de la ocupación.

La población de Santo Domingo, no sabía cómo agradecer a la Nación Argentina tan noble gesto. Todos sus habitantes se lanzaron a las calles entregándoles flores a los audaces marineros, que en noble acción, señalaban que la patria no había perecido ante la injustificable ocupación militar impuesta por la fuerza de las armas. Años después, y una vez declarada la independencia Dominicana, ese gobierno honro la memoria de la Nación Argentina colocándole nombres a sus calles principales de los héroes del país sudamericano y por gestión de la Liga Naval Dominicana, la Armada Argentina obsequio a la Marina de Guerra Dominicana el cañón del crucero 9 de Julio, con el que se habían disparado las históricas salvas en honor al país intervenido.

El Contraalmirante de la Marina de Guerra de la República Dominicana, César de Windt Lavandier declaro lo siguiente: “Sirva este gesto amistoso para perpetuar el ejemplo y la dignidad de los hombres de armas argentinos que en la oscuridad de la noche, nos dieron un anhelo de esperanza que hoy nos permite amar más a nuestra Patria.”

Amado Nervo nos dió pié para esta historia, cerremosla recordándole.

«Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.
…Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!
Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas…
Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!»

El Crucero 9 de Julio.

Publicación de Fundación Histarmar 28/10/14

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